Ojos de perro

(por Manuel Vargas)

Me encantaba observar a los tíos en el metro a primera hora de la mañana. La mayoría parecía dirigirse al matadero, tristes, cabizbajos, grises, resignados, automatizados. No respondían a ningún estímulo exterior. No obstante, siempre encontraba alguno dispuesto a participar en mi juego de provocaciones e insinuaciones. Entonces empezaba la diversión.

Aquel día capturé una mirada bobina que me traspasaba el alma por encima del 20 Minutos. Sonreí. Al verse sorprendido, el tipo se turbó y hundió la cabeza entre las hojas del periódico. Chasqueé la lengua con resignación y seguí inspeccionando.

Me encontré con un hombre alto y delgado, engominado, vestido impecablemente con traje negro y zapatos caros. Un ejecutivo joven, de mirada serena y valiente, que transmitía seguridad. Le dediqué una mueca sugerente. Él enarcó las cejas con un gesto eléctrico, y dio un paso adelante descubriendo unos dientes grandes y blancos, caballunos. Sonreí complacida y miré hacia otro lado, frustrando sus expectativas.

Ya faltaba poco para llegar a mi destino. Por última vez, escruté el vagón y reparé en un chico joven y esbelto. Al coincidir nuestros ojos, detuvo el cabeceo con el que acompañaba la música de los auriculares y se quedó embobado, observándome con la boca abierta y los ojos enormes e inexpresivos, como un pescado expuesto en el mercado de la Boquería. Desvié la vista con hastío hacia la pantalla, que ya anunciaba mi estación.

Subí las escaleras y salí a la calle. La mañana era fresca, y una brisa agradable me soplaba en la cara y me mecía la media melena por encima de los hombros. Saqué un Nobel y lo encendí con una cerilla. Fumaba tranquilamente, chupando el cigarrillo con fruición, dando largas caladas y exhalando el humo al paso de las miradas furtivas que me asaltaban.

Caminaba bien erguida sobre mis tacones, percutiendo con ese sonoro toc toc toc que tanto reafirmaba mi seguridad en mí misma, sintiéndome importante, cuando caí en la cuenta de que hacía casi un mes que no me tiraba ningún tío. Este fin de semana ya toca, pensé. Tiré la colilla al suelo, la aplasté con la punta del zapato y entré en la oficina.

Como cada día, saludé al conserje y a la gente que encontraba en mi camino hasta llegar a mi mesa. Encendí el ordenador y crucé las piernas.

Era viernes y fin de mes, y, sin embargo, el ambiente parecía enrarecido, cargado. Todo el mundo callaba. Las tipejas aquéllas no me miraban con la reprobación acostumbrada. En lugar de castigar la longitud de mis tacones, la brevedad de mis faldas y los escotes de mis blusas, parecían trabajar con suma concentración. Reinaba el silencio, sólo roto por el mullido repiqueteo de los teclados de ordenador y algún bocinazo esporádico en la calle.

Cuando faltaba poco para acabar la jornada, apareció la esmirriada pelirroja de la secretaria y carraspeó delante de mí.

– ¿Sí? –pregunté, sin alzar la vista de la pantalla.

– Disculpa, el señor Director quiere verte ahora, ¿podrías ir a su despacho? –me dijo con su voz de pito.

– Claro, cómo no –contesté, todavía sin mirarla.

– Ven conmigo, por favor.

Mientras la seguía por el pasillo, pensé que el Director no estaba nada mal. Un hombre maduro, alto, bien conservado, con canitas… muy interesante. Estaba casado, pero qué importaba.

La Secretaria abrió la puerta, me dejó pasar y la cerró detrás de mí. Permanecí de pie en la entrada, inmóvil. Él seguía inclinado sobre su mesa, leyendo unos documentos, o fingiendo hacerlo. De pronto, me miró por encima de sus gafas de montura al aire y sonrió.

– ¡Hola! Gracias por venir –canturreó.

Se incorporó ágilmente y fue a mi encuentro con paso elástico. Me invitó a sentarme en el sofá con un delicado gesto de la mano, y, cuando lo hube hecho, se acomodó en su sillón de cuero negro. Estábamos bastante cerca, y su perfume, fresco y sensual, me envolvía.

– ¿Quieres que te traigan un café, un té, agua…? –ofreció.

– No, gracias, estoy bien– respondí.

Antes de que pudiera decir nada más, me incliné hacia delante para enseñar bien el escote, y, con mi voz más lasciva, añadí:

– Me alegro de verle, Sr. Director. ¿Qué deseaba, por qué me ha llamado?

Él se recostó en su sillón con las manos detrás de la cabeza y miró al techo, en apariencia indiferente a mis insinuaciones. Yo contemplaba sus piernas, bien proporcionadas y poderosas, la cintura perfecta, sin rastro de grasa, el torso ancho y la frente despejada.

– Mira, te he hecho llamar porque tengo algo muy importante que decirte. Como sabes, la situación económica que atraviesa la empresa es crítica. Hemos tenido malos resultados en el último ejercicio, y nos estamos viendo obligados a recortar personal…

Dejé de prestarle atención. Mientras me soltaba la típica retahíla de excusas y justificaciones que preceden al despido, yo ya pensaba en la agenda del fin de semana.

– … pero te vamos a arreglar los papeles para el paro, y con tu currículum seguro que no tardarás mucho en encontrar otro trabajo. Espero que lo entiendas…

– Pues no, no lo entiendo –atajé-. Creo que trabajo bien, llevo bastante tiempo en la empresa, y hay otras personas más prescindibles que yo.

Él endureció el gesto y abrió las palmas de las manos en señal de indefensión.

– Sí, ya sabemos que trabajas bien. No tenemos ningún problema contigo. Pero…

– Se trata de ese atajo de arpías que no me soportan, ¿verdad? –le interrumpí.- Han hecho que usted me despida. ¿Cómo lo habrán conseguido? –pregunté burlonamente, guiñándole un ojo.

El Director se quedó perplejo. Era un hombre que estaba acostumbrado a dar discursos, recibir aplausos, regalar fuertes apretones de mano y distribuir sonrisas y guiños. Que le contestaran de esa manera le había dejado seco. Cuando se recuperó de su aturdimiento, me miró como si se percatara de mi presencia por primera vez. Su rostro se ensombreció, apretó los dientes y me clavó con ferocidad sus pequeños ojos negros, redondos y acuosos, como los de un perro.

Empezó a ladrar y a gruñir. Echaba espumarajos por la boca y lanzaba dentelladas al aire. Me levanté del sofá de un salto y me defendí como pude a puntapiés. Perdí los zapatos y tuve que rodear el sofá para recuperarlos, esquivando sus acometidas. Después de mucho esfuerzo, logré reducirlo y ganar vía libre hacia la salida. Mientras escapaba, vi como levantaba una pata y orinaba en el mástil de la bandera de la corporación.

Salí del despacho y le cerré la puerta en las narices. Él aullaba al otro lado, arañando la madera y resoplando con furia.

– Todos lo sentimos mucho –me dijo la secretaria con sarcasmo, sin disimular su satisfacción.– Espero que haya ido bien, estas situaciones siempre son complicadas.

– No te preocupes –respondí. Me puse los zapatos, alisé mi vestido, me atusé el pelo y añadí.– No era más que un perro.

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