Loctite

(por Martín Branquias)

Hoy hace 20 años desde que fuera encerrada Lorena Iturraspe, entonces mediáticamente conocida como “La asesina del chat”, un perezoso apelativo que parece sacado de la crónica negra más clásica.

La suya fue una historia que dejó huella en el imaginario colectivo de la piel de toro y fue seguida con el interés que generan los dramas más intensos. Tan profunda fue esa huella que alguna página web de contactos entre solteros vía internet acabó cerrando el chiringuito gracias nuestra protagonista, una mujer de entonces razonable atractivo y, según los informes siquiátricos que constaban en las actuaciones judiciales, alto nivel intelectual que acabó confesando el asesinato de quince pretendientes a los que engatusaba de la misma manera, siempre con el chat como testigo. Todos ellos fueron cayendo en un juego en el que Iturraspe puso el laberinto y el queso. Internet le proporcionaba los “ratones”. Así definió ella misma a sus actos y sus víctimas en aquella lejana confesión ante el Juez. Hoy, Iturraspe revive aquellos días con una mezcla de indiferencia respecto al resultado de todo aquello y de vívido odio hacia la persona que la maltrató y llevó hacia el abismo por el que acabó arrastrando a aquel que quiso cruzarse en su camino.

– Dicen que el abogado que la defendió todavía oye los ecos de su confesión cuando pasa por las salas de vistas de la Ciudad de la Justicia…

– Sí que tienen resonancia esas paredes, debe ser lo único bueno que tienen…El tipo no se lo esperaba. Era relativamente joven, tenía su aquel y, cómo no, era incapaz de ver más allá de sus propias narices (sonríe desganada). Supongo que por eso le sorprendí, aunque fue lo último en lo que pensé. Me cansé de todo el proceso, demasiado tiempo, estaba más que preparada para pagar por aquellos actos y hacía tiempo que no veía a la cárcel como un purgatorio donde rehabilitarme para “volver a ser libre”. Mi día a día era suficiente purgatorio. Ni recurrí la sentencia, sólo pensé en qué me llevaría a la cárcel.

– Sin embargo, la sociedad fue más benévola, su dura historia previa la humanizó ante la gente aunque sus actos fueran atroces. No pocos personajes públicos, en principio más inofensivos, tenían peor imagen social.

Supongo que el hecho de que la opinión pública no me importara lo más mínimo colaboró lo suyo. Reconozco que me pasé con aquellos desgraciados, no tenían la culpa de los maltratos que recibí durante 15 años ni de mi demostrada incapacidad para actuar en consecuencia pero, si no me importó ir a lo mío cada vez que sentía esa cosa aquí dentro (se señala el estómago con la mano tensa) ¿te crees que me podía importar algo lo que pensara la gente? A la gente sólo le importa DE VERDAD los políticos porque les gustaría estar en su lugar o por tener alguien a quien criticar -con razón o no- y los futbolistas,  por razones que se me escapan. Para ellos yo era mero entretenimiento folletinesco. Caí en gracia, sin más. Sobre la confesión, sólo me supo mal por mi madre. Creía en mi inocencia y no fui capaz de confesárselo todo primero a ella.

– Ahora le dedican canciones, incluso hay grupos en la escena independiente nacional que lleva su apellido (los  Iturraspe, procedentes de Cangas de Onís o la banda feminista de Death Metal, Las Afiladoras de Lorena –aquí Iturraspe se pone las manos en la cara en señal de incredulidad-), hubo una serie de televisión…Es casi un icono popular, acaso un reverso oscuro del clásico “famoso televisivo”. Más que una nueva “Dulce” Neus, como usted fue calificada, considero que es lo más parecido a Charles Manson que ha habido en España.

Vaya, a mi edad tengo que descubrir que soy la Manson cañí…qué quiere que le diga…¿”muchas gracias”?¿”váyase a la mierda”? Preferiría parecerme más a Sharon Tate, la verdad (ríe tras hacer mención a la que fuera pareja de Roman Polanski, asesinada por el propio Manson)…mire, la gente está muy desorientada,  yo al menos tenía claras mis prioridades. Me ha gustado lo del “reverso oscuro del clásico famoso televisivo”, escriba libros, tiene pinta de que podrá venderlos bien si sigue diciendo chorradas como esa. Por cierto, lo poco que vi de la serie me incrementó las ganas de matar pero la actriz (una entonces redescubierta Silke) era muy mona. Más que yo.

– Suele pasar. Una pregunta es obligada, ¿porqué su “nickname” en el chat era el de Loctite?

(Se sonríe, pega una calada al cigarro y expulsa tranquilamente el aire por un costado con la cabeza elegantemente levantada). A ver, cómo se lo cuento… Sabía que tenía que romper el hielo de alguna manera que tuviera ternura ante esa manada de gatitos que se lamían las heridas. Era un chat de separados recientes así que ellos también me preguntaban por mi seudónimo –disculpe, pero eso de nickname me parece una pijada-, a todos les llamaba la atención por lo que se reveló como una vía ideal para romper el hielo. Me hice la niña vulnerable y les contaba una historia de que (imposta una voz burlona e ingenua) “quería recomponer mi corazón con Loctite”, “que quería encontrar el pegamento que uniera todas las piezas” (se le dispara una carcajada cínica y agria). ¡Picaban todos! Me sabe hasta mal decirlo… Desde el principio les hacía sentirse menos vulnerables, en una posición de cierta fuerza que necesitaban como el respirar, lo que les convertía inmediatamente en confiados. Entre eso y una foto mía donde estaba muy mona, con flequillito y aire inocente, cayó el primero y los catorce siguientes. No pensaron que la única manera que tenía “esa niña triste para recomponer su corazón” y calmar el odio que sentía por todo en general y los hombres en particular era desmembrarlos a ellos. Tampoco era muy normal que lo pensaran. Imagínese, ir a una cita con una chica y pensar “a ver qué tal sale… Igual me quiere rebanar el cuello… la corbata negra servirá” (sonríe).

– ¿Sigue teniendo ese impulso?

– ¿Se refiere a AHORA? (exhibe, con sutilidad, la sonrisa más maliciosa que he visto en mi vida).

– Espero que no, no me refiero a este momento, simplemente si mantiene ese odio y a esas ganas de calmar su dolor, según dice, causando el de otras personas.

– Han pasado casi veinte años pero, mire, la persona que me convirtió primero en una desgraciada y luego en una asesina sigue viva. Estoy vieja y ya no me preocupo por mi imagen y esas cosas, pero sigo odiándolo con todas mis fuerzas y lo veo por todas partes porque, míreme, todo lo que tengo es consecuencia de aquello…

Iturraspe interrumpe su discurso, revivir sus asesinatos no parece afectarla, al contrario, logra extraer un sentido del humor negro como el tizón que refuerza el dictamen pericial que subrayaba una inexistencia total de empatía en su perfil sicológico. Sin embargo, sí le cambia el gesto el recuerdo explícito de quién la maltrató. Tras medio minuto de cierta confusión, prosigue:

-Tú también tienes cosas de él pero no hace falta que te preocupes. Aquí dentro lo tengo todo bajo control (vuelve a sonreir regodeándose en su propio personaje).

Nos indican que se ha terminado el tiempo. Lorena Iturraspe, de 59 años, tiene que volver a su celda. Se nos quedan en el tintero preguntas sobre sus libros publicados o profundizar sobre su vida en prisión. Me da la mano, una mano fría, huesuda e indiferente que entrega mientras sostiene el cigarrillo en la comisura de sus labios. Agradece -de una manera mecánica- la charla y mi interés, aunque me vuelve a recriminar la comparación con Charles Manson. Acepta mis disculpas pero no hace demasiado caso a mis explicaciones posteriores. Se gira y entra dentro del módulo correspondiente sin mirar atrás lo que, por alguna estúpida razón, me deja más tranquilo. Todavía no entiendo porqué ha concedido la entrevista pero el caso es que, en el cara a cara, esta mujer de aspecto quebradizo contrastada por una voz y discurso firmes desprende el mismo magnetismo que la convirtió en un personaje popular en la España de principios de siglo XXI.

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