Sueños de un ángel

(por Javier Navas)

Eran las siete de la mañana, y de nuevo volvía a sonar el maldito despertador. Pero esta vez parecía ser algo diferente. El perro de la vecina no ladraba como de costumbre, y el bullicio de la calle y el claxon de los coches tampoco se escuchaban.

– ¿Será domingo? -pensé yo.

Joder, ya me he vuelto a olvidar de quitar el despertador otra vez. Maldita cabeza la mía. Pero algo no me cuadraba, así que decidí  levantarme de la cama. Fue entonces cuando todo se volvió más raro todavía.

Miré por la ventana y parecía como si el mundo se hubiese parado. La calle, a pesar de que el sol ya despuntaba en el horizonte, estaba vacía. Tuve que mirar la hora varas veces, y, cuanto más lo hacía, más me sorprendía. Marcaba las 10.00 de la mañana, del miércoles 9 de octubre de 2010. ¿Qué coño estaba pasando? ¡Pero si deban ser las siete y media como muy tarde!

Me puse lo primero que vi, es decir, la ropa del da anterior, y bajé  a la calle. El panorama era tan desolador que daba hasta miedo. Parecía que fuese el único superviviente después de una gran hecatombe mundial. Anduve durante horas, días diría yo, aunque la noción del tiempo ya la tenía bastante perdida.Y, de repente, al doblar una esquina, vi a un grupo de personas conversando. Me acerque corriendo, tanto que parecía que mi corazón llegaría antes que yo. Exhausto y temeroso, a duras penas, conseguí poder decir:

– Hola, ¿que está pasando? ¿Dónde está todo el mundo?

Nadie se dignó ni siquiera mirarme, mientras seguían conversando. Lo siguiente que recuerdo, además de un fuerte dolor de cabeza, es amanecer, tumbado en un banco, en el parque, rodeado de gente cuchicheando a mi alrededor, y mirándome con cara de asombro. ¡Joder!, estaba desnudo.

Entonces, pensé, tranquilo, seguro que todo esto no es más que una pesadilla. Me pellizqué casi hasta hacerme sangre, y apreté los ojos hasta que el dolor me hizo abrirlos de nuevo. Seguía en el mismo lugar, pero esta vez vestido totalmente de blanco, y, en frente de mí, estaba ella. Ahora sí que estaba convencido de que estaba soñando, pero, por primera vez, no sólo no me importaba, sino que estaba encantado.

Se acercó a mi. Me cogió la mano, y acercándose al oído me dijo:

– No tengas miedo, sólo déjate llevar y cierra los ojos. Yo te diré cuando abrirlos.

Dios, que voz más suave tenía, casi angelical, y me dejé llevar. No sé cuánto tiempo pasó, aunque, si por mi fuera, no me habría importado que fuese una eternidad. Entonces, la volví a escuchar:

– Ya puedes abrirlos.

Al principio estaba algo desorientado, pero pronto descubrí que se trataba del banco, donde nos habíamos dado el primer beso y nos habíamos jurado amor eterno. Sentí como un escalofrío recorría todo mi cuerpo, y como llovían lágrimas por toda mi cara. Me senté en el suelo, desconsolado, no podía parar de llorar. Entonces se acercó una niña rubia de apenas cinco años, con graciosos tirabuzones y resplandecientes ojos azules y me dijo:

– ¿Por qué lloras?

Yo le respondí:

– Porque acabo de comprender que nunca se debe dejar de soñar, aún cuando más difícil e inalcanzables parezcan los sueños.

Y ella me dijo, mientras me acariciaba:

– Pues no llores más, porque los ángeles no lloran, sólo sueñan, y cuando lo hacen, sus sueños son como lágrimas caídas del cielo, y al contacto con la atmósfera se convierten en estrellas fugaces, y, desde la tierra, los mortales, al verlas, aprovechamos para pedir nuestros deseos. Hoy, el mío se ha cumplido: poder conocerte, papá.

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