Lo prohibido

(por Martín Branquias)

– ¡Eh! ¡Eh! ¡tú, figura!, a ver si nos vamos despertando, que no tenemos  el día pa’ ti  -dice “El Gato” sacando su natural nervio.

– Macho, ten cuidao con las hostias que le metes al primavera este, a ver si me vas a joder la tapicería, nen – apenas musita Dani, conocido como “el Calcomanías” por lo poco logrado de sus tatuajes.

– Pero que tapicería ni tapicería… Tira p’alante, al Parque los Gitanos, que ahí estaremos tranquilos.

– Claro, como no eres tú el que tiés que pasar la balleta luego…

Justo cuando “El Gato” (su apellido es ese, Gato. “El Gato” entre los “colegas“ de su barrio y nombre artístico habitual) acaba de decir “tranquilos” dispara a su “huésped” tres bofetadas secas, precisas en el tempo de su ejecución, usando los nudillos. Para ver si se despierta y por joder.

Esa noche no quieren llamar la atención y no suena la rumba que suele atronar desde el Seat León del Calcomanías. Rumba, pero nada de fusiones ni “moderneces pa‘ pijos“, cómo cansinamente insiste “El Gato”. A él lo que le pone es el Pescaílla, Peret, Gato Pérez y algo de los Manolos porque le pillaron de chaval y sonaron mucho en un verano en que descubrió demasiadas cosas como para obviar la banda sonora. Aunque quien realmente le gusta, el que le emociona, el que le coge por la pechera y le agarra alma por los huevos, es Bambino. Ha robado todos los discos de él que ha podido, alucina con la voz del tío e incluso le imita un poco la imagen de sus años de plenitud.

En cambio, al “Calcomanías” su propia vida se la sopla, así que la rumba no va a ser menos,  a él le basta con saber sobre lo que tiene delante y qué hacer para cogerlo o esquivarlo, según el caso.

– Frena ahí -ordena Gato. “El Calcomanías” obedece. Como casi siempre desde sus primeras correrías juntos.

Tras despertarse en el coche equivocado, Matías empieza a hacerse sus preguntas, la principal: qué coño hace en el coche de esos dos garrulos a los que veía tan nerviosos. Son algo más jóvenes que él, quien ya se ha visto en alguna similar antes.

– Oye, barondandy -dice “el Calcomanías”-  Tenemos tu cartera, sabemos donde vives y queremos un teléfono para hablar con tus viejos.

– Claro, y yo quiero un teléfono para hablar con tu hermana- replica indiferente Matías mientras se aplana el traje con las palmas de sus manos.

“El Calcomanías” se altera ante la chulesca respuesta y amenaza de muerte al rehén con la credibilidad de un comercial inmobiliario. La imagen ofrecida hasta el momento por los secuestradores denota cierta inexperiencia en estas lides. Matías no las tiene todas consigo pero sabe que lo último que se debe hacer en estos casos es perder los nervios. Mientras sigue analizando el inesperado escenario, “El Gato” va a lo suyo, se enciende tranquilamente un “piti” y pone en el equipo un recopilatorio suyo de rumba a un volúmen discreto que le ayude a concentrarse antes de explicarle el plan al invitado.

Vamoavé, tron -expone con calma mientras se vuelve hacia el asiento trasero- No es nada personal, tú lo sabes y yo lo sé. Te hemos visto antes saliendo de La Concha, al lao de las Ramblas, yendo pa’ casa, supongo, dando la nota, ahí to’ maqueao y hemos pensao, mira, si aún nos van a arreglar el día. Te hemos pegao el palo, y hemos visto que entre el traje ese raro pero pastoso, el peluco y los ciento y pico euros que llevas en la cartera eres un tío al que se le puede sacar más seguro.

– ¿Sólo me quedan ciento y pocos euros? Se me ha ido la mano con las invitaciones.

– Jajajajaja ¡Buah! ¡vaya artista! -celebra “el Calcomanías”-

– Tenías ciento y poco, ahora son pa’ la banca -dice “el Gato” provocando la risa ahogada de su compadre-. De todas formas, al hilo, si tú tienes pasta, tus viejos tienen que ir sobraos, así que la idea es retenerte con nosotros hasta que podamos sacar unos cuantos de euros para retirarnos, así en plan bien, y tú nos ayudas porque si no te pincho de aquí (le marca la nuez con la albaceteña) a aquí (le señala la entrepierna). No sé si m’esplicao.

Matías no sabía si reir o llorar ante lo descabellado del plan, sin duda eran más jóvenes de lo que pensaba. Decide arrancarse.

– No, si el plan no está mal trazado pero falla en la base…

– ¡¡A ver, no t’enrrolles, gualtrapa!! -ladra “el Calcos” (también le llaman así para abreviar)-…

– Calla, coño, y deja que el muchacho se explaye -le dice su colega, marcando exageradamente la X, parodiando un poco la forma de hablar de Matías, cuyo aspecto parecía salido de algún club de Jazz neoyorquino allá por el 47, de cuando Charlie Parker se pagaba las adicciones al calor de su saxo. Era evidente que su sofisticación resultaba ofensiva para ellos. Matías lo caló instantáneamente.

– …Pues el traje raro que decís me lo compré tras cinco años ahorrando y tragando quina en el trabajo, el “peluco” es un regalo de la empresa, fijáos que es muy aparente pero tampoco gran cosa y lo de los euros, pues hombre, es mi cumpleaños y un día es un día – dijo Matías con un tono mucho menos desafiante.

– Felicidades – apunta tranquila y sarcásticamente Gato-.

– Gracias -responde Matías-. De verdad, tíos, si apenas tengo para comer, beber y un techo. Lo que pasa es que me gusta vestir bien cuando salgo por ahí, si me viérais por las mañanas yendo al trabajo pero si parezco cualquier cosa…un momento, sube el volúmen… ¡Pero si es Bambino!

Matías reconoce la melodía de “Soy lo prohibido” provocando la emoción de su más melómano secuestrador, quien no daba crédito tras vivir toda su vida rodeado de seguidores de los Chunguitos, Bordón 4 y demás. Seguidores que obviaban el rotundo cantar de aquel que se había saltado todas las fronteras de la rumba. Por fin alguien reconocía y sentía lo mismo que él respecto a Bambino, y cantan al alimón aquello de:

“Porque en tu falsa intimidad
En cada abrazo que le das
Sueñas conmigo

Soy el pecado que te dio
Nueva ilusión en el amor
Soy lo prohibidoooooooo”

El Gato, emocionado, mira con los ojos como pomelos a su compinche, coge con su palma izquierda el cuello de Matías -al que acerca con vehemencia a los asientos delanteros- y les dice a ambos, en su mejor versión de Vito Corleone:

-Aquel que disfruta del maestro no puede ser un elegido para la gloria. Tú, con tus pintas de julai, eres como yo. Toma tu dinero y tu cartera, yo no le pego el palo a un igual. A tomar pol culo.

“El Calcos” no da crédito, mostrando varias objeciones al “armisticio“. Matías, eufórico y superado por el berlanguiano momento repunta en sus ganas de disfrutar de la noche y se ofrece a continuarla en unos clubes estupendos del centro donde hacen unos cocktails sin parangón y suena una música cojonuda. “El Calcos” pasa, no le encuentra el qué, estaba cansado y ajeno a la euforia. “El Gato” no se lo piensa.

A pesar de su insistencia, “el Calcos” no le deja el coche.

Un rato más tarde, Matías y “el Gato” se beben el Nilo y el Ganges en la prometida coctelería de Ronda Universidad hablando sin parar de:

a)  La música que les había unido (abundan en el hielo ya roto)
b)  Mujeres (apartado 1: grandes amores)
c)  Frustraciones y  anhelos (empiezan a creer que son amigos para siempre, destilados mediante)
d)  Más mujeres (apartado 2: sexo guarro, el más inflado de la presente relación)
e)  Desencuentros varios con la ley (momento competitividad masculina)
f)   Aún más mujeres (apartado 3: fantasías por realizar)

Deciden irse a una boite de la parte alta de la ciudad, a recomendación, una vez más, de Matías. “El Gato” bromea sobre el hecho y se refiere con desdén y orgullo de barriada al privilegiado lugar de destino. Ahí bailan con algunas chicas, bromean con los camareros, echan más risas. La rudeza del rumbero se ve compensada y protegida de algún camarero suspicaz por la elegancia del jazzman, quien jugaba en casa y conoce perfectamente a quién guiñar el ojo. Noche ideal que deciden culminar en un discreto local de luces rojas. Todo a cargo de Matías.

Son las siete de la mañana, más o menos. En las calles, recién despiertas, apenas se oye algo más que sus pasos. Cinco horas atrás, “el Gato” tenía su navaja albaceteña apuntando a los testículos de un pobre diablo medio atontado por un golpe, ahora éste le daba treinta euros para que volviera a casa en taxi. No duda y los acepta.

– Oye, que sepas que te debería rajar aquí y ahora con ésta (medio muestra su navaja, que apenas se intuye en el bolsillo) – advierte “el Gato”.

– ¿Y eso?

– Porque m’as mentío, cabrón. Sí que perteneces a to ésto, nada de ahorrar cinco años p’al traje, de currar y tal…T’as dejao lo que no sabría ni contar en estas cuatro horas, me das treinta euros y te quedas aquí, no sabré ni casi escribir cómo me llamo pero no soy gilipollas, nen.

– Ya hombre, pero sabes que podría haber llamado a la policía en cualquier momento además ¿tú te lo has pasado bien o no?

– Claro, nos ha jodío, me lo he pasao de puta madre. Pero toma buena nota porque no te lo voy a decir más veces. Una vez se me pase to’ el globo que llevo encima, si te vuelvo a ver no m’estaré por hostias ni te se bajará Bambino a verte. Una vez me la como, dos no ¿estamos?

– Estamos.

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