Los bombones

(por Javier Navas)

Marta acababa de cumplir 54 años y aún seguía conservando parte de esa belleza que desde niña ya le había acompañado. Siempre había sido una mujer muy guapa y llamativa, sobre todo de joven.

Larga y tupida cabellera, facciones casi angelicales, interesante mirada, que lamentablemente había perdido últimamente, para pasar a tener otra algo distraída, triste y perdida. Bonitos ojos azules, que seguían reluciendo como el primer día, delicadas manos, y esbelta figura que también había menguado algo últimamente.

Pero aún así, seguí destilando clase, señorío y sobretodo elegancia y atraccción.

Él, Luis, su marido, aún sentía un enorme escalofrio cada vez que la miraba, y es que aún estaba más enamorado de ella que el primer día.

Ahí estaba ella, sentada en su sillón, pensativa, y de repente, le dijo a él.

– Oye, Antoñito, ¿tú has visto mis bombones?, es que fui a comprarlos ayer y no los encuentro, y ya sabes cómo me gustan esos bombones. ¿No te los habrás vuelto a comer, no? Que ya sabes que después se te pasa el hambre y no me quieres cenar nada.

– Bueno, mamá, ya sabes que no puedo resistirme. Creo que la próxima vez tendrás que esconderlos mejor. Si no, me temo que volveré a comérmelos de nuevo. Pero no te preocupes, iré a comprarte otros.

– Pues si vas a ir, que te acompañe tu hermana, que ya sabes que no me gusta que vayas sólo a la calle.

– Sí, mamá, se lo diré a Laura.

Ring, ring, ring.

– Vaya, ¿quién llamará ahora? Oye, Marta, voy a coger el teléfono, en seguida vuelvo.

– ¿Sí, quién es?

– Papá, soy Laura. ¿Cómo estáis? ¿Cómo estás tú?, ¿y  mamá?.

– Bien hija, bien. Estamos bien.

– Papá, ¿seguro?, ¿cómo lo llevas?.

– Bien, ya te he dicho que todo está bien.

– ¿Cómo están los niños, por cierto?.

– Púes a cabo de acostarlos, que cada día están más salvajes, jajajaja.

– Jajajaja, más mano dura hija, más mano dura. Ay, si yo pudiera cogerlos. Jajajaja

– Papá, no empecemos, ¿eh?

-Jajajaja, vale, vale.

– Oye, por cierto, ¿ya te has pensado lo de la residencia?. Y no me vuelvas a decir que no, ¿eh?, que ya lo hemos hablado muchas veces y sabes que es lo mejor.

– Mira, hija, ya sabes que eso no es negociable. He dicho que no y es que no.

– Papá, los dos sabemos que es lo mejor. En tu situación, sabes que es lo mejor.

– Mira hija, que esté impedido, en esta cárcel que es la silla de ruedas, no es motivo suficiente, y no me hagas que me enfade, coño, que ya sabes que no voy a dar mi brazo a torcer.

– Bueno, papi, tú sabrás. Yo solo quiero  lo mejor para vosotros, nada más.

– Bueno, cariño, pues ya está hablado.

– Sí, supongo que sí.

– Por cierto, ¿ has hablado últimamente con tu hermano?.

– ¿Con Antonio?, no.

– Púes llámalo., hija, y superar de una vez por todas esas diferencias que tenéis que no son más que tonterías.

– Ok, papá. Lo intentaré. Bueno, dale un beso a mamá y dile que la quiero mucho.

– Se lo diré.

– Cuídate mucho hija, y dale muchos besos a los niños.

– Sí, claro, papá.

– Chao.

– Adiós hija.

Luís volvió a la salita, y ella le preguntó:

-¿Quién era? ¿Antoñito?

– No, era la niña

– Ah,  ¿y qué te ha dicho?.

– Nada, que te diera un beso y que te quiere mucho.

– Ay, esta niña.

– Bueno, ¿necesitas algo, cariño?

– Pues sí. ¿tú has visto mis bombones?, es que fui a comprarlos ayer y no los encuentro, y ya sabes cómo me gustan esos bombones. Seguro que se los ha vuelto a comer Antoñito, que ya sabes lo goloso que és, y además, es que después no quiere cenar nada.

– Bueno, mujer, si se los comió, compramos otros y ya está.

Luis se sentó a su lado y ambos siguieron viendo la tele.

– ¿Has visto eso, cariño? Están hablando del pueblo.

– Sí, estos reporteros.

– Ay, el pueblo, ¿cómo estará la tía María?.

– ¿La tía María?, supongo que bien. Por cierto, Marta, ¿ qué día es hoy que no me acuerdo?

– ¿Hoy?, no sé. ¿Sábado, no?

– ¿Sábado?, ah, sí, qué torpe estoy.

– Pues espero que no se te vuelva a olvidar.

– Jajajajaja, no tranquila, intentaré que no se me vuelva a olvidar.

– Es que últimamente, siempre me preguntas lo mismo, hijo.

– Jajajaja, será que ya estoy un poco torpe.

Así, siguieron un buen rato, ensimismados con la programación televisiva. Aunque, de vez en cuando, Luis no podía reprimir el mirarla de nuevo, como si acabase de conocerla, como si fuese el primer día.

– Oye, ¿tú no habrás visto mis bombones, no, hijo?. Es que fui a comprarlos ayer y no los encuentro, y ya sabes cómo me gustan esos bombones. ¿No te los habrás vuelto a comer, no? Que ya sabes que después se te pasa el hambre y no me quieres cenar nada.

– Bueno, mamá, ya sabes que no puedo resistirme. Creo que la próxima vez tendrás que esconderlos mejor. Si no, me temo que volveré a comérmelos de nuevo. Pero no te preocupes, iré a comprarte otros.

– Pues si vas a ir, que te acompañe tu hermana, que ya sabes que no me gusta que vayas sólo a la calle.

– Sí, mamá, se lo diré a Laura.

En ese momento Luís volvió a mirar a Marta, y aún cuando se le habían puesto llorosos los ojos, todavía podía sentir toda su fuerza y recordar lo felices que habían sido juntos, y en ese instante, se volvió a prometer:

– Aunque su Alzheimer empeore, jamás la llevaré a una residencia.

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