La tierra

(por Magdalena Biota)

El vino tiñe la copa de púrpura. Restos, marcas de labios. Conversan en una mesa de bar, en Perú y Carlos Calvo, en el imaginario barrio de San Telmo. Mostrador, antiguas máquinas registradoras, sifones de vidrio, monoculares y un diseñado agobio de materialidad. Se destila verano.

Amalia es novelista. Las personas que la conocen la protegen, o es lo que intentan. Intentan prevenirla, preservarla de la voracidad y el miedo que la asechan, voracidad y miedo que proyecta a pesar de una sonrisa de traficante de marfil. Sus amigos más cercanos quieren librarla. La ven nítida detrás de su tiránica posesión de sí, que la vuelve a la vez fatídica e irreverente. Sus compañeros de la editorial le adivinan el narcisismo. La ven exhausta después de cada nueva experiencia de escritura. La llaman con conspiraciones, le alimentan el miedo con advertencias, confirman que los peligros foguean su actitud irreflexiva, su indulgente rigidez. Sin perder la mueca despótica y angelical, los destierra con esas calamidades del lenguaje: “Si no tenés nada más para venderme, buscá más, más adentro, y yo lo meto en la picadora de carne”.

Julián es fotógrafo. Es el peregrino. No sólo por sus viajes, sino por la distancia que toma respecto de lo que ve, que lo vuelve un extranjero en todas partes, simpático y ajeno. Capaz de captar el sentido en las imágenes como a través de la lente de una cámara, él es el ojo. Pregunta para exasperar, en la superficie, sin la ilusión, y registra lo que la imagen muestra, oculto en el ejercicio de mirar. “Fotografiar es enamorarse de lo que uno retrata, convertirse en lo que se ve, es ver el todo en la parte, fascinación, vértigo, y vacío, vacío empaquetado”. Amalia lo ama y lo aborrece. Él sabe salirse de los límites y morir, y sabe que morir y salirse de los límites es una misma cosa. Amalia siente que la medida de Julián es el exceso, y por eso es suave y femenino. Y cuando hacen el amor es delicado, y hacer el amor con él es estático y sacramental.

José es músico. Es el prestidigitador. Adora la sujeción por inducción de los sentidos. Es el hedonista. Y el que mayor influjo tiene sobre Amalia. Sólo José puede hacer que Amalia ceda, se despliegue y goce. Y entonces Amalia descubre que es abundante.

Débora es arquitecta y artista plástica. Reconocida en Buenos Aires y Nueva York, expone en galerías de arte y trabaja en un archivo histórico documental conservando los materiales a una temperatura y humedad adecuadas. Es pragmática, eficiente, con determinación, vive una vida citadina, intensa e indiferente. Amante de Amalia desde que José las presentó en un bar de Almagro donde se baila y canta hermosa música desconocida para Amalia.

Ramiro estudió letras clásicas. Tiene una librería de viejo en Avenida de Mayo y lee, pareciera que siempre estuviera leyendo. Libros inesperados, que Amalia huele ávidamente, libros relevantes para Amalia que suele pensar que Ramiro tiene la posta, la referencia justa en un inteligente plan logístico inaccesible para ella. Amalia y él conviven en un departamento de dos ambientes en Barracas.

La conversación es insustancial. El vino, ese néctar consabido, se vuelve invisible. Las botellas, agrandadas por el tiempo, se ensanchan como caderas etílicas. El bar chorrea humedades y las paredes arcillosas, como de la época de La Confederación, se derriten, se desdibujan en manchas, grandes manchas devoradoras como en una foto sepia, vuelta orgánica por esporas microscópicas de moho que regenera, revitaliza, interviene insospechadamente en la imagen, poderoso, tan barroco.

Entonces Amalia comprende.

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