Onollón y el árbol

(por Magdalena Biota)

—Aspiro a ser una salvaje.

Entonces su plan era convertirse en maestra de canto. Creía saber sobre música, pero su sentido del saber siempre había sido un cúmulo antojadizo de relatos, objetos con sus mitologías, a veces ciertas, a veces apócrifas: una mezcla de historia de la música con un sesgo hacia el barroco latinoamericano. Música hispanoamericana, barock. Y la lectura como de demiurgo del libro The man in the cave. Lo sustancial era la idea del pasaje, eso de convertirse en, en maestra de canto, en contralto, en lo que fuera. No importaba tanto en qué, sino el pasaje, que debía ser un proceso acompañado por una música determinada. Y, suponía, si era barroca, mejor.

El hombre, que leía tenazmente, levantó la vista y la miró brevemente, con un tibio escepticismo. Hubiera querido llamarla Hiawatha, pero en cambio la llamó por su nombre. De las sienes emanaba cierta vehemencia enternecida. Como un vapor o el resto incorpóreo de una existencia pasada. Por un momento, lo atravesó la evocación del confuso error por el cual había amado a esa mujer en el espacio onírico de pasillos, escaleras y puertas entreabiertas, que filtran, múltiple y espeso, el universo, como refractado en la visión repentina y breve de un cuadro de Chagal. En ese lugar elíptico la había encontrado, la había conocido, y la había deseado con avidez primitiva.

Esa noche la lluvia era sublime. Sublime e intolerable. Él leía, pero era necesario escribir. Y es posible que ella le adivinara las urgencias.

Fue en la radio que había descubierto el libro de Chesterton (en la BBC o en alguna parecida, porque entonces escuchaba sólo radios extranjeras, por principio ético o épico o estúpido, pero por alguna razón fundamental e irrelevante). También en la radio había escuchado que en Bolivia, en algún archivo de las antiguas misiones, se conservaban unas piezas únicas, en el lugar donde las comunidades jesuíticas habían organizado un mercado central para tráfico mercantil entre la colonia y España. Unas partituras entonces invendibles se habían vuelto invalorables, escritas por un arzobispo español del siglo XVIII dedicado a transcribir las canciones de las calles de Trujillo, Perú.

Wit? Craft? The pass of time?, la voz en la radio cerraba la nota con rimbombantes entonaciones grecolatinas. Lo sorprendente era suponer que esa apelación no la conmovería.

—Escribir, hermano mío, te acerca a la humanidad; es una fascinación fisiológica. Te vigila—, recordó decirle, provocativa. —Es justamente la capacidad del lenguaje lo que te confiere esa habilidad de deshumanizarte, de convertirte en dios o bestia. Los animales, en cambio, son siempre iguales a sí mismos—. Es probable que hubiera querido lamerle las uñas de los pies. En cambio, se mordisqueó el labio inferior. Lo midió; vio la indecible y encendida profundidad de los ojos, la leve ondulación de las cejas, la prominencia de los pómulos.

Una sonrisa hierática le partía el rostro: uno desesperado; el otro, sensual. Era una estatua ecuestre. Siempre le había parecido más viejo, acaso porque ese supuesto alter-ego se contraponía a la sensación de vitalidad e inexperiencia que tenía de sí misma y que regía sus movimientos elaboradamente boxísticos, con los que era capaz de arrojarse a cualquier situación como si fuera la definitiva. Y sin embargo, en esa visión que ella recuperaba vívidamente, ese hombre había rejuvenecido.

—Deshumanizo lo que me resulta monstruoso—, dijo él. —Finjo que no soy yo.

Cada verano, en contacto con el sol, las imágenes sensoriales de otros veranos serpenteaban en torno de sus brazos, en sus hombros, le rodeaban la nuca, mordisqueándole los pezones. Una sobre otra, las visiones se superponían, sedimentándose. Pircas en la tierra brutal de su pecho. Algo de esa ceremonia fotosintética sobrevenía de su insensibilidad a otro tipo de relatos verbales. Si alguna vez ella y él se encontraran a la orilla de un río, no habría posibilidades de que no lo desnudara y lo comiera vivo como vegetación selvática. “Un lugar para estar solos,” murmuró, “sería apenas una voluntad; podríamos ser arbitrarios, una sociedad a orillas del Tigris”. Pocas veces se permitía la legítima libertad de imaginar esos grotescos.

Y a esa sucesión de imágenes se yuxtaponían las voces discordes del verano. Resonaban como la confesión obstinada de un inconsciente conocido y lejano. La eternidad le pareció un instante, y su sociedad siempre formaría parte de una ficción incierta. Potencial. Imprevista. Promisoria. Infinita.

Mientras la irreconocible voz de un delegado apelaba a la necesidad de planificar el modo en que el trazado de calles sería tramitado en la municipalidad, y la falta de urbanización y la anegación de los caminos resollaron en las gárgaras dionisíacas de un vecino ilustrado, alguien, desde las hamacas, cerca del tobogán o en un frenético subibaja gritó mamá con abierta torpeza. Pero ella no salió del sitio donde cada átomo de su cuerpo pertenecía a otro imaginario. Confió en que esa sombra también jugaba e inventaba voces: la voz de una muñeca llamando mamá.

Eran las doce y ahora en la radio el himno había empezado a entonar sus impermeables estrofas. Los vecinos brindaban a la salud de santitos menores, aludían a representaciones de cristos, calles asfaltadas, ladridos de perros, dos únicas casas que esperarían cien años más para ver el progreso, catorce años viviendo contra el monte, la casa de Julio. Don Julio vivía ahí, y el rancho de Pascual, mi marido pisaba el barro con el caballo. No estaba la fábrica de ladrillos; la ruta: todavía no la habían hecho. En el cincuenta y nueve hicieron la ruta. Los lotes se dieron en el cincuenta y nueve, Marcos, no seas desmemoriado. Había cactus y en el diagonal, pegado al almacén, vivía Gómez. El alambrador era Telechea. Damiana tenía la gomería y el Tigre andaba en otros negocios. Y cuando pusieron la chanchería, mejoraron el zanjado y tiraron conchillas en las calles para tapar los pozos.

La invocación brotaba con aparente espontaneidad. Y la espontaneidad era ese artilugio de escucha y de escriba que ella se había propuesto cultivar. Con un libro abierto en la mano, caminando por calles atestadas, tenía la felicidad de frenarse junto a las ventanas clausuradas de la calle Defensa y anotar. “Escrito en la calle Defensa, a los pies de una ventana”.

Gata. Gatita.

O escribía, más metódicamente. Debajo de un árbol que en diciembre ostentaba punzantes flores rojas y un avispero evanescente. Con la sensación de haber sido regurgitada por reveladoras criaturas espesas. Una idea algo infantil, pero en ese momento era la mejor manera de expresar el efecto inusual que ejercía sobre sí la intensa combinación de sonidos a chicharras y pájaros, y las avispas, y el olor cerrado del estío. Escribir con el murmullo apremiante de cientos de insectos imprimía cierta velocidad a lo escrito. Una velocidad de huida, que traslucía un esclavizado anhelo de transformación, y el deseo liberto de aventurarlo en un mundo que estaba continuamente cambiando.

¡Mirá, mamá! ¡No tengo pañales! —gritó la voz o la beatitud  de una voz.

Percepción del infierno. El libro de Chesterton seguía cerrado. Y ese libro que ella había pedido prestado en la biblioteca por desesperación también tenía un universo parecido a la contención de esfínteres. Escribía por incontinencia, mientras las voces llenaban el ardor, el deseo, la imposibilidad y ese sitio donde había descubierto sus átomos como pertenencia de otro, derramados y ajenos. En un lugar imperfectamente significativo.

But when he has reached that degree of blindness, he will not be able to look at a horse or a horseman at all until he has seen the whole thing as a thing entirely unfamiliar and almost unearthly. 

¡Acá estoy, mamá!

Era necesario escribir, llenar el vacío de ese espacio imperfecto, ese paraíso sudoroso, el deseo de volver a besarle los pies, enjuagarlos con lágrimas y perfumes, secarlos con el pelo largo y humedecido de sudor, saliva, de los líquidos sagrados de esos cuerpos inmateriales.

Frente a ella se mecía una hamaca paraguaya; mate (o un Fernet o un pernod, que le hizo pensar en la película de Alain Delon donde él hacía de incansable seductor y Brigit Bardot nadaba desnuda, y fumaba en una piscina mientras planeaba asesinarlo), reposeras, ligustros, tranqueras, hojas de árboles tiesas y el olor permanente de los pinos, como una insolente reminiscencia a la que no pretendía renunciar, pero tampoco sucumbir. Una antigua bañadera de metal con patas servía de cantero. Escribía porque no había nada mejor que hacer, ya ni siquiera era la necesidad lo que la impulsaba. Como si las lecturas recientes, discontinuas, casi decisivas, le hubiera quitado toda percepción y toda idea de urgencia. La práctica de leer, citar, rescribir. Ese juego implacable. Ineludible y fatuo. Subrayar, trasladar, traducir frases. Algo era preciso hacer con la citas que gorgoteaban en las grietas ardorosas de su frente: relamerlas, como intentando no dejarlas ir. Él, en cambio, leía y leía. Leía sin detenerse, engullía las páginas. Era envidiable que pudiera hacerlo con tanta naturalidad, sin apremio y sin hastío, con minucioso contonear de dedos, como si lo indujera una irremediable prisa.

Pensó que lo seguiría hasta donde él quisiera, como una perra, pero sólo como eso. No, recapacitó, no sería como una perra, ni como una loba, ni como una mula. Lo seguiría con indiferencia, como una mujer capaz de seguirlo hasta el momento preciso en que la verde iridiscencia de musgo y ramaje colmaran la ciénaga de lecturas en la que se recortaba a sí mismo. Y después se iría.

La visión le resultó fascinante. Era una posibilidad desmesurada, una metáfora vasta y ambigua; quiso zambullirse en ese profuso estanque de citas, replicas oscuras, metáforas y resonancias. La fibra de su cuerpo pareció renovarse. Tostada y vibrante se dejó empujar por el fluir todavía agitado. Pensó en el goce apiadado, el vaivén del líquido viscoso meciendo su cuerpo, el pelo castaño, las sienes, el pubis. Y del pubis a las sienes, los poros como madrigales parecían abrirse y absorber el néctar de ese placer oculto, dejando expandir un olor a narcisos o un color tenue, pero brillante, cuerpo de hiel gozando secretamente contra el cuerpo del hombre. Simultáneos y opuestos, ambos fuertes, anchos, generosos, centelleando a la luz de la cita franciscana que él compartió con ella, y que resonó en el fondo terroso del estanque vibrante y tibio.

Y nadó indómita, internándose en esa arcillosa leche revuelta e inmanejable, en un resuello idéntico al cuerpo de él. El goce vertiginoso de sus vientres sudados, el movimiento alienante, los ojos desorbitados. Temblar por haber sido inexorablemente invocada; señalado el cuenco oscuro de sus sienes, ella era capaz de abandonarlo, de componerse, despegándose de sus costillas. Y el temblor era la delación del olvido después de haber sido exclusivamente eso: un cuerpo, puramente físico, materia energizada por la fricción. Como los sapos o las serpientes.

Iba a salir de esa laguna incierta, pero esa última imagen le devolvió el sabor de lo mortal: el goce por el instante definitivo de la muerte, la innumerable y precaria experiencia humana. Nadó para despejar las descargas energéticas de su memorable cuerpo. Y mientras nadaba, coordinando las brazadas con la respiración lo vio o lo intuyó, riéndose de ella.

—A veces parece que te impusieras un ritmo.

—No puedo con vos, necesito más entrenamiento.

Siempre necesitaba más entrenamiento, y es que ese cuerpo, tan igual al suyo, era demasiado duro, demasiado grueso, demasiado fuerte. Una mosca o un avispón, que nadaba sobre la superficie acuosa, sobrepasó la insuficiencia de su cabeza. La espantó como se espantan las ideas inconclusas. Y siguió braceando.

Una bocanada de aire le llenó los pulmones; en el rincón de uno de sus ojos se reflejaban sus brazos brillando, las gotas de agua resbalaban por las convexidades de sus muslos. Pensó en la tarde que llovía y lo espió por uno de los ventanales de la casa mientras nadaba, yuxtaponiendo a las imágenes de la lectura la vigorosa monstruosidad de ese cuerpo opaco.

El viento solapaba la voluntad de la palabra. Esas noches intensas en que los pastizales, los cardos, los búhos y hasta las lagartijas arden sin dolor, como blandamente. Noches en que sólo el efímero perfume de los eucaliptos es capaz de suavizar con frescura tímida el incordio del verano.

—Somos dos gotas.

—Nos parecemos, de repente, replicados en la sucesión de tus citas—. Se burló: —Ahora los dos gozamos de esta unción.

Era necesario escribir sin detenerse a pensar. Escribir para poder pensar, no hay forma de dejar fluir los pensamientos para llegar a la médula del significado. Imperfecto significado o dolor de los cuerpos. Cuerpos que están para siempre echados uno junto al otro. Ella celebró la imposibilidad del lenguaje, donde lo que significa es una interrogación, un error.

Rana, rana, ranita. ¡Ranita!

—Personajes hechos de lenguaje. Convertidos en las cenizas polvorosas de nuestra trampa lingüística. Estoy indescifrable y nunca más cifrada, y la médula de significado está acá, en este momento.

Ella, aguda, transparente, como atravesada por una inesperada luminosidad violácea, intentaba mantener el canto en una vibración ajena. Es probable que su voz cifrara una nota ajada. En el intersticio de la boca del otro, que paladeó con una crispación renovada, oyó la voz. Y la voz dijo: “Sos una muñeca”.

(Zeynep, 2012)

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