Extraños pájaros

(por Esther Fernández)

Yo no sé si existe eso del amor a primera vista o qué, sabes, pero cuando vi al Rober me di cuenta de que me molaba. Andaba un poco como un vaquero que se hubiera bajado del caballo, con tejanos ajustados y camperas. Iba con las piernas un poco abiertas, moviéndolas de una manera lenta y sensual. No podía apartar la vista de ellas, me hiptonizaban.

Tenía una manera muy particular de fumar. Abría el paquete con la izquierda, lo sacudía, sacaba un piti con la boca y se lo encendía con la derecha. La primera calada era siempre muy larga. Echaba la cabeza hacía atrás y sacaba el humo despacio, a veces incluso en círculos. Lo que más me gustaba es cómo sostenía el cigarro, pillándolo por la boquilla entre los dedos índice y pulgar y escondiéndolo dentro de la mano. Sonreía de medio lado y miraba a la peña con sus ojos de color miel. Tenía un poco de miopía, se le notaba en la mirada perdida cuando intentaba enfocar para ver a lo lejos, y eso le daba un encanto especial.

Ligar con los tíos no es tan fácil como dicen, pero es cierto que con el Rober no fue complicado. En seguida se dio cuenta de que estaba por él y nos enrollamos en el Estu. Al cabo de un rato me puso la mano por encima del hombro y salimos fuera. Nos metimos en su coche y condujo unos metros hasta el descampao, delante del aeropuerto de Sabadell, tú ya sabes.

Me avisó pero yo seguí igual. Noté la corrida como un tiro en el cielo de la boca, escuchando su lento y ronco gemido. Luego me acarició un poco el pelo, se abrochó y se lió un petardo.  Miró un rato por la ventana, sin decir nada. Como no me ofrecía una calada, se lo quité y fumé un poco. En frente tenía las avionetas en sus hangares, quietas y mudas en la oscuridad; parecían extraños pájaros en sus cuevas.

Bueno, yo me voy con éstos al Estu, me dijo. No me preguntó qué iba a hacer yo, ni siquiera se ofreció a llevarme a casa o algo, así que no le contesté, salí del coche y cerré de un portazo. No me volví a mirar, y seguro que él tampoco.

Al cabo de unos días le vi otra vez. Estaba en la barra, con el Micky y el Vargas, tomándose una mediana. Se limpió con el revés de la mano y me saludó con un gesto de la barbilla. Éstos se giraron para mirarme con una sonrisita a medio disimular, rollo “sabemos lo que hiciste”. Miré hacia otro lado con asco.

Me hubiera gustado volver a liarme con él, sabes, pero a partir de ahí pasó de mí olímpicamente.

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