Un viaje convulso

(por Martín Branquias)

Tras un fin de semana mezclando placer y negocios en Barcelona, Ataúlfo enfiló el retorno al hogar. Fueron unas horas simpáticas en la Ciudad Condal, yendo a la playa, comprando souvenirs y disfrutando de las terrazas del centro de la ciudad de donde, a pesar de su natural despiste, salió como entró. Es decir, con todo lo que tenía.

Buena sorpresa se habrían llevado los cacos de turno al ver lo que portaba en su voluminosa bolsa negra. Bajo un montón de ropa exagerado para los días previstos para su estancia escondía una buena cantidad de cartuchos. Se los consiguió un contacto barcelonés a más bajo precio y le permitían sacar más partido (en potencia) a un revólver modesto pero fácilmente manejable hasta para un lisiado algo que, en las situaciones en que se encuentra de tanto en cuando, es mortal de necesidad.

Para no seguir liando la madeja: Ataúlfo es etarra. Etarra de “La ETA”, como él mismo dice (sí, lo dice). No excesivamente volcado en la causa a nivel ideológico pero le ha ido bien siguiendo la corriente así que, a efectos prácticos, Ataúlfo es uno de los miembros restantes con mayor compromiso. Además de ser uno de los mayores en edad. A pesar de ello su nombre no ha trascendido. Su historia, tampoco.

Precisamente su intraducible nombre de pila le generó en su día alguna que otra mirada de desaprobación pero su ninguneo selectivo a la moral le permitía participar del baile sangriento sin mayores problemas. Todo ello sin necesidad de sentir como propio ninguno de los dogmas de quienes le rodean a diario, o, como mucho, sintiéndolos por cariño a la gente de su círculo de amistades. Sabe que si no hubiera sido por ETA probablemente sería  un ser solitario, lleno de complejos, despojado de toda amistad posible por unos y por otros. Por mucho que la fortuna suela acompañarle, es un tartaja feo y no excesivamente listo. Con ninguna capacidad de hacerse querer si no es con un revolver entre las manos. Pero desde hace años tiene un foco y un objetivo al que apuntar y, a decir de sus colegas de cuadrilla, el tío tiene buena puntería.

Afrontaba Ataúlfo su viaje de vuelta. Lo hizo en el tren de las cuatro de la tarde porque su pequeño souvenir barcelonés quedaba más resguardado de miradas ajenas que si lo hubiese hecho en avión. Le tocó compartimento junto a dos parejas de afables noruegos de edad avanzada y una joven de estética “alternativa” a la que levantó un imaginario cartel con un 10 dentro. La indiferencia con la que la chavala le saludó al entrar hace unos lustros la habría identificado con un clarísimo indicio de desprecio o asco (sin descartar ambas a la vez) hacia su triste figura pero quince años y quince muertos después, eso carecía de importancia.

A las seis horas de haberse montado en el tren, y tras escuchar somnoliento un viejo cassette que recopilaba sus melodías favoritas de los grupos “Kortatu” y “Negu Gorriak” -a los que tiene gran cariño puesto que aprendió sus pocas nociones de euskera con ellos- empezó a sentir la pesadez de los párpados, lo último que vió fue la cara de felicidad de sus compañeros de viaje escandinavos mientras preparaban la cena, basada en productos ibéricos. En tortilla española, en vino y en todo aquello que hacía apetecible una visita a la piel de toro. Apenas los recuerda en movimiento sino más bien como fotogramas que traían a la mente escenas típicamente goyescas. Caras enrojecidas de felicidad, risotadas sin corsé, primero planos de bocas abordando con ansia el chorizo, el jamón, el lomo embuchado, ojos poseídos por el placer de la gula etc…cada vez más a cámara lenta, cada vez más lejos…

Ya perdida la conciencia Ataúlfo notó que algo no funcionaba, se movía la mandíbula como una centrifugadora, saliva a riadas,  desconexión cuerpo-mente… Reconoció enseguida el ataque epiléptico (versión leve) que estaba sufriendo y cometió el mismo error de siempre, largarse del lugar de los hechos cuando alguien le acompaña. Como si el que no le vieran en plena crisis tuviera más valor que el hecho de sufrirla.

El desajuste natural del sueño no le permitió percatarse de que, al levantarse, se iba a dar de bruces con la cena de los noruegos pues apenas habían pasado diez minutos desde que los abandonara a su suerte a fin de poder conciliar el sueño. Mientras Gunnar o Rolf, da igual, arrancaba emocionado con los dientes un trozo de longaniza, Ataúlfo se incorporaba tembloroso por el ataque que aún estaba sufriendo. Lamentablemente, el compartimento no era precisamente lujo asíatico así que para dirigirse al pasillo tenía que pasar por la improvisada mesa de los suecos (un sillín playero) que dificultaba el trayecto hacia el exterior. Enseguida Karin, mujer de los mentados Gunnar o Rolf, tampoco sabría decir ahora, percibió al momento el deforme rostro convulso del joven. El nudo que se le hace a los noruegos en el estómago estrangula toda la tortilla de patatas y el resto de viandas ingeridas. Esa mandíbula fuera de control, con rostro estirándose sin rumbo tardarán en digerirla bastante más tiempo que el picante chorizo riojano que tambíén se habían agenciado. La chica 10 de Ataúlfo se despierta justo en el momento en que a los noruegos les da un ataque de ansiedad colectivo. En realidad lo hace gracias al coro infernal que conforman estos nietos de Odín en plena catarsis.

Una vez logró salir del compartimento se dirigió al lavabo para poder limpiar los restos de la batalla, reflexionar sobre lo acontecido, retornándole como una bala a la cabeza la imagen de una de las noruegas a punto de parir una lágrima. Decidió que era el momento de deberse a su público y asegurar que por mucho que insistan, no habría bis. Además, tenía que volver a por su medicación, la cual ha olvidado ingerir entre estribillo y estribillo de sus añorados “Kortatu“.

 

Cuando apareció por la puerta del compartimento, encontró a los noruegos aún afectados por el suceso, al notar su presencia se hizo el silencio y los cuatro se giraron con los ojos muy abiertos atentos a lo que pudiera pronunciar. A la chica 10 apenas la podía ver tapada por las sombras. Ataúlfo jamás había sentido mayor capacidad intimidatoria, ni tan siquiera en actos de servicio con el apoyo de su arma.

Aún atontado por el viaje sufrido trató de articular un mensaje al objeto de tranquilizar a los noruegos, puesto que Ataúlfo será “un asesino pero no un desalmado” (las comillas vienen a cuento puesto que eso es lo que se dice a sí mismo en sus momentos de mayor desazón espiritual). Renqueante y con los restos de la tensión serpenteando por su espina dorsal, inició su discurso con tal mala suerte que, mientras aún se palpaba la tensión en el ambiente, unas gotas de saliva se dirigieron al lugar incorrecto de su garganta forzando unos desagradables tosidos de tísico -acompañados de una gesticulación aparatosísima- que alteraron nuevamente a los hípersensibles noruegos, especialmente a ellas y más especialmente a Karin, la mujer a la que miró a los ojos mientras su cerebro daba vueltas.

Tras el mal trago decidió tomarse su medicina y tratar de conciliar el sueño. Contó unas cuantas ovejitas e imaginó el momento de compartir su reciente adquisición con los compañeros de “misión”. La perspectiva de alcanzar más pronto que tarde esos  momentos con el resto de la cuadrilla le hizo sentirse mejor y, lentamente, adentrarse en los neblinosos terrenos de Morfeo. Ha sido una noche dura, por extraña, pero las había vivido peores.

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5 pensamientos en “Un viaje convulso

    • Una pregunta sin respuesta hasta que nos hagamos famosos con el blog. Lo que sí es seguro es que hay muchos “Ataúlfos” (pistolas aparte) que balbucearon sus primeras palabras en euskera con las letras de grupos como los mencionados en el relato. En algunos casos, la mayoría, la cosa se quedaría ahí pero vete a saber…

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