La confianza

(por Manuel Vargas)

Era un auténtico pelmazo. Un tipo desagradable. Parlanchín, pretencioso, egoísta, maleducado, grosero, misógino… Yo no quería ni verlo, pero se puso tan pesado que, después de agotar todas las excusas imaginables, tuve que quedar con él para tomar algo después del trabajo.

Llegó el día. Y qué día. Un montón de trabajo, clientes malhumorados, jefes odiosos, dolor de cabeza, cansancio y sueño. Apagué el ordenador, recogí mis cosas y salí del despacho para ir a buscarle, pero él ya estaba allí, esperando.

– Coño David, qué ganas tenía, ahora por fin nos vamos a tomar algo juntos.

– S-sí, claro, Felipe, yo también tenía ganas –mentí.

Me incomodaba y me avergonzaba su compañía, de manera que intentaba separarme de él y disimular, mirando al suelo o hacia otro lado. Felipe me pasó el brazo por encima de los hombros, sonriendo a todo el mundo al pasar, luciéndome. Yo intentaba zafarme con suavidad, mientras dedicaba una mueca de circunstancias a la gente que nos miraba con curiosidad.

Llegamos al bar en cuestión. No estaba muy cerca de la oficina; al menos así habrá menos posibilidades de encontrarme compañeros del trabajo, pensé. Craso error: al sentarnos en la terraza pude comprobar que los había a montones. Seguramente Felipe lo sabía y por eso lo había escogido.

Vino el camarero.

– A mí me pones un jotabé cola –ordenó Felipe en voz alta.

– Para mí una tónica, por favor –dije yo.

Felipe se rascó los cojones ostensiblemente y se repanchingó en la silla, con los manos detrás de la cabeza. Encendió un Marlboro y exhaló el humo hacia arriba. Yo me arrellané en la mía, encorvado, bajando la vista e intentando empequeñecer, desaparecer.

Empezamos a conversar. Los temas, fútiles y banales, se iban sucediendo con tedio. Al principio intentaba buscar algunos en común, meter baza, pero comprobé que no le interesaba en absoluto lo que yo tuviera que decir. Hablaba y hablaba sin parar, y sin escuchar. Así pues, me dediqué a pensar en otras cosas y a ir asintiendo a todo lo que decía, deseando que pasara rápido el tiempo para pirarme de ahí lo antes posible.

– ¿Tienes novia o estás casado? –inquirió de pronto- ¿O eres un nómada, como yo?

– Estoy casado –mascullé.

– ¿Cómo se llama?

Pensé en decir “Y a ti qué coño te importa”, pero obedecí:

–  Carmen.

Esperaba que comentara algo sobre el nombre, o que dijera si tenía pareja a su vez, pero dijo:

–  Todas las mujeres son unas putas.

– ¿Las madres y las hermanas también? –musité socarronamente.

– También.

–  Ah.

– No te puedes fiar de ellas –argumentó, y entonces me contó sus experiencias hasta la fecha, todas ellas llenas de traiciones perpetradas por féminas diabólicas– Y por eso yo prefiero estar solo, sin compromiso. Así hago lo que quiero. Echo polvos por ahí y no tengo que preocuparme de nada más.

– Ya.

Tomó un gran sorbo del cubata y eructó.

– ¿Tú como sabes si es fiel o no? –dijo después de secarse los labios con la manga de la camisa.

– Perdón, ¿cómo dices?

– Que cómo puedes estar seguro de que no se vaya por ahí con otros. De que te no ponga los cuernos, vaya.

– Oye, espera, yo…. esto es, o sea… –balbuceé.

– Vamos, tranquilo, tranquilo. En mí puedes confiar –dijo mientras me guiñaba un ojo y aplastaba el cigarrillo en el cenicero- Soy tu colega, tu compinche en esto. ¿Quieres un cigarro? –ofreció, al darse cuenta de que yo miraba desde hacía un rato el paquete de tabaco.

– No gracias, no fumo.

– ¿Desde cuando?

– Hace casi medio año.

– Muy bien, muy bien –celebró sin convicción- Pero volverás –sentenció.

– ¿Y eso tú cómo lo sabes? –reté.

– Porque todos vuelven. A lo mejor fumas menos, pero de vez en cuando caerás en la tentación. Quien ha sido fumador, lo es ya para toda la vida.

– Eso ya lo veremos. De todas maneras, yo creo que fumar uno de vez en cuando no hace daño.

– Eso digo yo –dijo, encendiéndose otro y ofreciéndome el paquete abierto.

– Te he dicho que no –rechacé bruscamente, con la palma de la mano abierta.

Felipe se rió por lo bajo, volviendo a guiñarme un ojo.

– Si quieres te puedo ayudar en esto, a controlar un poco.

– ¿El tabaco?

– No hombre, tu mujer. Hay trucos para saberlo. Yo te voy a ayudar, tranquilo.

– Estoy muy tranquilo, y no quiero tu ayuda, no te la he pedido.

– ¿Trabaja? ¿Qué horario tiene? ¿Está en casa cuando tú no estás? ¿Tienes una foto? –continuó, ignorando mi negativa.

Yo protesté, lo juro. No le quería contar nada, pero acabé realizando un perfil completo de Carmen.

– Vale, vamos a dejarlo ya, estoy cansado, Felipe.

– Sólo una cosa más.

– Qué.

– Cuando ella se descuide, coge su móvil y mira en los últimos mensajes recibidos y enviados, a ver si encuentras algo raro.

– Qué dices tío, eso sería espiar, yo creo que la confianza es la base de la pareja y…

– Ni confianza ni pollas. Haz lo que te digo.

– Vale, de acuerdo, déjalo ya, vamos a pagar.

Pedí la cuenta y pagué yo. Felipe ni me lo agradeció.

***

Una vez en casa, Carmen se fue a duchar. Yo estaba viendo la tele. Nada en particular, sólo haciendo la fotosíntesis delante de la caja tonta. Entonces lo vi. El móvil de Carmen, encima de la mesa. Lo estuve contemplando un rato.

– No seas imbécil, David –me dije.

Apagué la televisión y cogí una revista. Dejé la revista y cogí un libro. Dejé el libro y volví a encender la televisión. Pero no había manera, el móvil seguía ocupando toda mi atención. Finalmente, aunque sólo fuera para quitarme la duda de encima, lo cogí y husmeé un poco. Encontré en la bandeja de entrada un mensaje, de un tal “Alfredo Trab”. Decía “ok, cuand kieras ns vems, guapa”.

– ¡David! Cariño, por favor, tráeme la toalla que está tendida en el balcón –gritó Carmen desde la ducha.

Di un respingo y el móvil cayó al suelo, rebotando con estruendo.

– ¿Qué es eso, qué ha pasado?

– Nada, cariño, ya voy, ya te llevo la toalla.

Se la llevé. Ella descorrió la cortina, mostrando su cuerpo esbelto, sus pechos firmes, redondos, rotundos y bellos, con los pezones erectos por efecto del frío.

– Huy, por qué me miras así, parece que sea la primera vez que me ves desnuda.

Después de cenar, le conté a Carmen lo de Felipe y el mensaje que había visto en su móvil.

– Ése tío es un gilipollas –fue lo primero que dijo.

– ¿Quién, Felipe o el tal Alfredo?

– Felipe.

– ¿Y qué hay del Alfredo éste?

– Para empezar, me fastidia que hayas fisgoneado en mi móvil.

– Perdona, pero yo…

– Y para continuar, se trata de un compañero de trabajo, muy simpático. A veces quedo con él para tomar un café, y nada más –me miró, seria y retadora, y continuó- Qué pasa, ¿es que tú no tienes amigas?

– Sí, Eli, la excompañera de la facultad de hace tantos años, y Marta, del pueblo.

– ¿Y quedas con ellas?

– Sí, pero…

– Pues ya  está –zanjó- Además, si en realidad no quieras quedar con Felipe ni contarle nada, ¿por qué lo haces?

– Ya sabes por qué. Soy incapaz de decir que no a la gente.

– Tienes que ser más asertivo.

– Ya, tienes razón.

– Y una cosa más.

– ¿Qué?

– Gustavo es gay.

– Ah.

***

Al día siguiente, Felipe pasó por mi despacho.

– ¿Te vienes hoy también a tomar algo, machote?

– Vale hombre, vale –dije con hastío.

Cuando se hubo ido, mi compañero de receptáculo me preguntó sobre mi floreciente amistad con Felipe. Yo lo negué, alegando que quedaba con él porque no podía quitármelo de encima.

Al llegar la hora, me vino a buscar y fuimos al mismo bar. Felipe pidió el acostumbrado JB-cola y yo esta vez una cerveza. Le conté lo del mensaje.

– ¿Lo ves? Lo sabía.

– ¿Qué sabías?

– ¡Pues que te pone los cuernos hombre!

– Chissst, ¿quieres hablar más bajo? –le urgí, mirando alrededor con pánico.

– Vale. Pues eso, que te engaña, joder.

– Pero si es sólo un amigo. Yo también tengo amigas, y no me las tiro.

– Bueno, pero ella a éste sí. Confía en mí.

– ¿Y por qué tengo que confiar en ti y no en ella?

– Porque yo soy tío, y ella una tía. O sea, una zorra.

– Oye, no te consiento que hables así de mi mujer –dije, levantándome de mi silla.

– Vale tío, siéntate, anda –me respondió conciliadoramente- Vamos a seguir investigando, y ya veremos qué es lo que sale…

– De acuerdo, te doy el beneficio de la duda, pero te cojo un cigarro.

– Sí claro, coge los que quieras –ofreció, triunfal.

El cigarrillo me sabía a gloria con la cerveza.

– O sea que ella dice que sólo es un amigo, ¿no?

– Eso es.

– Ya. Bueno, a ver si puedes echarle el guante otra vez al móvil, y mirar sus sms enviados. Aunque, ahora que lo pienso, a lo mejor ahora no lo deja solo o, si lo deja, habrá borrado los mensajes comprometedores…

– ¿Y entonces qué hago? –y me sorprendí de estarle pidiendo consejo.

Felipe meditó un momento mientras se hurgaba la nariz.

– Ayer te pregunté si tenías una foto suya encima.

– ¿Para qué la quieres?

– Para saber si está buena.

– Lo está, te lo digo yo.

– Tu opinión no es válida, tú estás enamorado como un gilipollas.

– No sabía que enamorarse era característico de los gilipollas.

– Pues así es. Venga esa foto.

Busqué en mi cartera y le tendí una.

– Parece que es muy guapa. ¿Tienes más fotos? ¿Alguna de cuerpo entero? –dijo entrecerrando los ojos. Parecía un detective profesional.

– Sí, pero no la llevo encima.

– Vale. ¿Es delgada o gorda? ¿Tiene tetas? ¿Culo?

– Pero vamos a ver, ¿para qué te hacen falta tantos datos? –repliqué.

– Hombre, tendré que saber si está buena para averiguar si puede pegártela con un tío más guapo que tú. Las feas no son problema, suelen ser fieles. En cambio, las macizas… –chasqueó la lengua y negó lentamente.

– Pues sí, está buena –suspiré- Bien buena. Tetas y culo no le faltan.

– Malo –regañó.

– Supongo que podría liarse con el tío que quisiera, si se lo propusiera –continué.

– Ajá, aquí lo tienes, lo has dicho tú mismo.

– He dicho “si se lo propusiera”.

Felipe me observó atentamente y dijo:

– Muy bien, vas a hacer lo siguiente. Supongo que ella tiene dirección de correo electrónico –yo asentí con hastío. Su tono imperativo me fastidiaba, pero no me podía revelar- Bien, pues vas a la página inicial de Gmail, Hotmail, Yahoo o lo que sea que use ella, donde hay que poner la contraseña y tal. Si por ejemplo su dirección empieza por “carmen…”, tú teclea “ca…”. Entonces el nombre de usuario aparecerá solito, y puede que la contraseña también, y sólo tendrás que darle al “intro”. ¿Has comprendido?

– Creo que sí. De hecho, cuando yo pongo mi usuario, “davidtorresz1975”, salen los asteriscos de la contraseña debajo, le doy al “intro” y ya accedo a mi cuenta.

– Eso es, así funciona. ¿Usáis el mismo ordenador?

– Sí.

– Perfecto.

***

Volviendo a aprovechar que Carmen se duchaba, me senté delante del ordenador y lo encendí. Su dirección electrónica era de Hotmail, así que abrí el Explorer y fui a la página inicial del correo. En la casilla de usuario, empecé a escribir “carmen…”. Enseguida salió la dirección completa, y en la casilla de la contraseña aparecieron automáticamente unos asteriscos. Hice clic en el botón de acceso y entré en su cuenta.

Uno de los últimos correos, sin leer, era de un tal “Gustavo Comas”. Lo abrí. Hablaba de la última vez que estuvieron juntos, con todo lujo de detalles. Se me empezaron a humedecer los ojos, pero, al mismo tiempo, tuve una erección de caballo.

Se abrió la puerta del cuarto de baño y salió Carmen con el albornoz y zapatillas. Precipitadamente, volví a la bandeja de entrada, marqué el correo como “no leído”, y cerré el Explorer. Justo en ese momento entró ella en la habitación y me abrazó por detrás.

– ¿Qué haces, cariño? ¿Mirando el correo? –me susurró en la oreja.

– Eso iba a hacer, sí.

Ella notó el bulto en mi entrepierna, me lo apretó con la mano y me dio un beso en el cuello.

– Ven a la cama, anda.

***

Faltaban cinco minutos para acabar la jornada cuando Felipe apareció en la puerta de mi despacho.

– Te espero, colega.

Esta vez no protesté. Recogí mis cosas y le seguí. Ya no nos miraban con tanta curiosidad.

– Te veo meditativo –soltó al final.

– Sí.

– ¿Alguna novedad?

– Sí.

– ¿Sabes decir algo aparte de “sí”?

– Sí.

Llegamos al bar. El camarero preguntó si íbamos a tomar lo de siempre.

– Sí –dijo Felipe.

– No –dije yo- Para mí también un jotabé cola.

Felipe sonrió y me señaló el paquete de tabaco con la barbilla. Por toda respuesta, me levanté y saqué un Marlboro de la máquina.

– Sabía que ibas a volver, aunque no tan rápido.

Encendí un cigarrillo y expulsé el humo con lentitud. Le expliqué lo que había descubierto.

– Bueno David, ahora ya lo sabes –dijo con gravedad.

– Sí.

– ¿Se lo has dicho?

– No.

– Bien.

– ¿Por qué?

– Porque es mejor decírselo a la cara pillándola “in fraganti”.

– No creo que haga falta llegar a…

Felipe levantó una mano y me hizo callar con un gesto autoritario.

– Ya sé que no es plato de buen gusto, pero si ahora vas y le dices cómo la has descubierto, se pondrá a la defensiva, y dirá que la has estado espiando, que en realidad no ha hecho nada con el tal Gustavo, que eran sólo palabras. Luego borrará todos los mensajes y emails comprometedores, y te dirá que te quiere, que no ha sido nada, que la perdones, etc.- entonces me miró a los ojos y dijo- Y tiene posibilidades de conseguirlo.

– ¿Conseguir qué?

– Que la perdones.

– Imposible.

Felipe se encogió de hombros, me dijo que se tenía que ir, y pidió la cuenta. Después de pagarla, me puso una mano en el hombro y me dijo:

– Ánimo tío.

Pedí otro cubata.

***

Era el día señalado. Según los correos, el tal Gustavo iba a pasar por casa.  Yo me pedí el día libre y les estuve esperando.

Llegaron un poco antes de lo previsto, pero yo ya estaba escondido en la cocina. Les oí entrar, apresuradamente, alborotados, riendo y tropezando. Fueron directamente al dormitorio. Les seguí. Habían dejado la puerta entreabierta, de manera que yo les podía observar desde fuera. Hicieron de todo. Un repertorio de posturas y acrobacias que nunca le había visto hacer a Carmen. Y el tal Gustavo no tenía nada de gay.

Inconscientemente, me desabroché los pantalones y empecé a masturbarme con una tristeza infinita.

Al cabo de unos minutos, me fui de la casa con sigilo y me fui al bar a esperar a Felipe.

– ¿Y bien? ¿Les has pillado? ¿Le has dicho a la cara a esa zorra que se vaya al infierno?

– No exactamente.

– ¿No exactamente? –repitió con incredulidad.

Durante unos instantes, dudé en contarle la verdad, pero al final se lo expliqué. Felipe me había acompañado en todo el proceso, se lo había currado. Se había ganado mi confianza.

– ¡¿Qué?! ¿Cómo has dicho? –gritó Felipe.

– Has oído bien. Y no grites, tío.

– No me lo puedo creer. Me das asco –dijo, mirándome de arriba abajo.

Se levantó de la silla como un resorte.

– Pero Felipe, tío, ¿qué vas a hacer?

– Pirarme. No quiero volver a hablar contigo. Encima de cornudo, enfermo mental. Abrase visto, menudo gilipollas.

Alargué una mano para retenerle pero él se zafó.

– Ni me toques –amenazó.

Me quedé en el bar, cabizbajo y soportando todas las miradas.

Pedí otro jotabé cola y encendí un cigarrillo.

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2 pensamientos en “La confianza

  1. Me gustó. Como en la vida, ni los buenos son tan buenos, ni los malos tan malos. ¡¡¡SPOILER!!! El tipo desagradable acaba el relato con una reacción un tanto extremada pero comprensible y el que se nos hacía algo más cercano resulta que es un voyeur al que le ponen las infidelidades de su propia mujer. Yo no me meto en las parafilias de los demás (bastante tengo con lo mío) pero aquí está claro que este personaje debería anteponer la propia dignidad a su gusto por el tercer plano (FIN SPOILER).

    Los diálogos son creíbles y el ritmo es de crucero.

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