Flores en la mierda

(por Martín Branquias)

Son las 15:35 de la tarde de un día que tiene muy pocos números de ser recordado, y muchos menos celebrado, en el futuro. No es lo que se dice memorable llegar a casa tras haber ido a un Juzgado, uno de esos lugares sórdidos donde hay que darse un garbeo de tanto en cuando, a ratificarme en un convenio de separación que convertirá a mi chaval en una pelota de ping pong. Le iré a buscar el primer y el tercer viernes de cada mes y lo devolveré a su madre los respectivos domingos por la tarde, sólo queda esperar la sentencia  para acabar de rubricarlo todo y, oficialmente, c‘est fini (según google se escribe así).

Afortunadamente, su madre y yo hemos sabido llevar esta situación con madurez. No ha sido el guardar las formas una de nuestras carencias, desde luego. Nos hemos dado cuenta de que esto no tiraba, de que el niño no iba arreglar lo que ya estaba resquebrajado (sí, ya lo sé, había que ser bastante imbécil para no preverlo) y que lo que tocaba era darse dos besos y que te vaya bonito. Un ejemplo de racionalidad, de temple y saber tomar distancia con uno mismo, sí señor. Lástima que  en los 9 años anteriores (3 de noviazgo) uno se hartara hasta lo grosero de tanto obviar a la luna mientras me quedaba mirando al dedo que la señalaba.

Es una sensación rara, ya hace semanas que soy “libre”, que es esa expresión desafortunada que algunos tipos, de los cuales unos cuantos ya no alcanzan a ver los cuarenta por el retrovisor,  utilizan como invocando una especie de eterna adolescencia que tardarán poco en comprobar que no va a volver. Que son más gordos, más lentos, más calvos (eso jode especialmente) y las niñas de 25 no les distinguen de un ropero viejo. Es más, puede que ese ropero les cause mejor impresión, que ahora se lleva lo retro.

Me siento en el sofá sabiendo que ya estoy bordeando la autocompasión más lamentable y me dispongo a leer el periódico mientras saboreo una cerveza. Leo las noticias con escasa entrega, titulares y pies de foto básicamente, pero me llama la atención una fotografía. Se trata de un tipo subido a lo que intuyo es una farola con un retrato del hombre del día en la sección de Internacional: Hosni Mubarak.

Tiene su guasa la foto, todavía no sé si el tío viene o va. Podría ser uno de los acólitos de Mubarak reivindicando a su vilipendiado líder retrato en mano. O quizás esté a punto de sacar un mechero para quemar el retrato de marras mientras se sostiene únicamente con las piernas en la farola. Pero ya no es sólo esa duda, es que si te fijas bien en el rostro del protagonista…Hasta yo mismo ahora debo irradiar más luz y más nervio, que ya es irradiar. O mucho me equivoco o a este buen hombre le da igual todo y se dedica a figurar. O eso es lo que quiero creer. No sé en qué bando estás pero te veo tocado, amigo, y eso de alguna retorcida manera, me reconforta.

Me voy a la sección (más) amarillista del diario, la que antaño se conocía como “ecos de sociedad” -una de mis favoritas de siempre-, y me encuentro con que un afamado cantante ha tenido a bien, en improvisada condición de analista internacional, dedicarle unas líneas al conflicto en no sé qué red social, ganándose la mofa de buena parte de sus ociosos usuarios por su escaso tino. Sonrío. Por lo visto al chaval le ha dolido la reacción de la gente a sus sentidas palabras. Pobre diablo. En otra ocasión igual sería distinto pero hoy no he tenido un buen día, así que el veredicto es claro: Te jodes. Y, aunque algo desganado, vuelvo a sonreir. Creo que esta tarde me voy a ir al cine.

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