Muerte en el lago Leman

(por Miguel Navas)

El cuerpo estaba allí, flotando en el lago. Se podía distinguir el vientre hinchado, la ropa hecha jirones. Lo sacaron con un gancho, como si de un pez se tratara, atrayéndolo hacia la orilla.  

Hasta el más veterano del cuerpo de policía cantonal de Ginebra tuvo que mirar para otro lado. Incluso Simone, el chistoso que siempre hacía bromas sobre los fiambres, tuvo un amago de arcada. Incomprensiblemente, yo estaba bastante sereno.

Lo extendieron y lo taparon con una manta. A esperar la policía judicial, las fotografías, el levantamiento del cadáver… lo de siempre. Hacía una mañana de perros y me estaba muriendo de ganas de entrar en algún bar y tomarme un café, pero había que estar allí, al pie del cañón, que para eso le pagan a uno.

Estaba sumido en mis pensamientos cuando oí que me llamaban. Eh Jacques, qué haces ahí plantado, échanos una mano, anda. Tres compañeros estaban cogiendo el bulto para ponerlo en una camilla. Eché un vistazo alrededor y, por un momento, antes de que desviaran apresuradamente sus miradas hacia el suelo, el lago, el Mont Blanc o el más allá, pude descubrir en ellas un destello de conmiseración. Dudé un instante. Vienes o qué, espetaron.

Saqué las manos de los bolsillos de la chaqueta y me acerqué con paso firme, o al menos así lo recuerdo. Me detuve a los pies del cuerpo. No quería mirar, pero vi. La boca era una fosa negra, los ojos podridos resbalaban de las cuencas y en la cara había picadas de gaviota. Apestaba. Contuve un conato de vómito y rechacé con un movimiento de la mano la mascarilla que me ofrecían.

Era un tipo de entre treinta y cuarenta años, con barba y pelo largo. No mostraba ningún signo de violencia ni ninguna amputación. Seguramente sería uno de esos niñatos suicidas. Nunca entendí esa insana atracción por dejar un cadáver joven, ese fantasear con muertes dramáticas que recriminasen al mundo su crueldad. Tendrían que ver un cuerpo como éste, hinchado y descompuesto. Entonces seguro que se les quitaban las tonterías.

Nos inclinamos los cuatro para tirar cada uno de una extremidad, pero ellos levantaron antes que yo, de manera que el cadáver cayó al suelo, y, con él, una especie de paquete plastificado. Insultos, interjecciones, exclamaciones, pero nadie pareció reparar en el objeto. Disimuladamente, lo deslicé en un bolsillo de mi chaqueta mientras levantaba el cuerpo por el brazo. Todavía no sé por qué lo hice.

Una vez que todo hubo pasado, me alejé del lago, acabando en el café Remor. Me dejé caer pesadamente sobre una silla y esperé al camarero.

Una vez con el croissant y el café au lait humeando debajo de mis narices, saqué el paquete. Era una especie de grueso sobre de plástico, sellado. Lo limpié con una servilleta y, no sin dificultades, lo abrí con el cuchillo. Dentro encontré un texto en español, que pude leer gracias a mi abuelo, oriundo de Córdoba, que siempre insistió en hablarme en esa lengua. Se trataba de un poema, titulado “Muerte en el lago Leman”, y estaba firmado por un tal Manuel Vargas. Lo leí un par de veces, lo guardé en el sobre de plástico y pedí la cuenta.

Al día siguiente vi una noticia sobre el hallazgo del cadáver en la Tribune de Genève. El cuerpo había sido identificado como un ciudadano español, de nombre M. V.

Anuncios

2 pensamientos en “Muerte en el lago Leman

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s