En tu siasmo

(por Magdalena Biota y Matías Medina Silva, 2013)

En algún tiempo se regodearon de su escepticismo. Materialistas suspicaces no por convicción íntima ni por intereses profesionales, sino por convenciones, cojeaban embarazados de desilusión, amamantando desconfianza, acunando distorsiones, disyuntivas y desprecios.

Envejecieron demasiado jóvenes. Canas cenicientas crecían en sus barbas y en sus cabellos desordenados se ensortijaban como madreselvas las viejas frustraciones. Cansados, se desnudaron frente al diccionario y por azar dieron con la palabra enthousiasmós, escrita en griego clásico. Fue por efecto de este azar que descubrieron el silencio; la no palabra como experiencia de la palabra.

Antes de que el azar los desnudara, habían concebido la idea por alquimia, absorbiéndola del aire de Once, en las vísceras de Buenos Aires, incluso antes de que la idea tuviera forma en griego clásico. Entonces todavía eran el par escéptico, pero felizmente ese formalismo no les impidió comprobar que en el lugar más impensado podía surgir una epifanía. Era una tarde a fines del otoño, y Plaza Miserere, al oeste, regurgitaba iluminaciones; habían alcanzado el punto cardinal para morir.

Moribundos por la luminiscencia emborrachada, serpentearon en dirección este, hacia el puerto, mareados por el agua, navegando por canales subterráneos que los abrían a una nueva oscuridad, a una opacidad dulce de gestación y de encuentro. Cuando llegaron a Plaza de Mayo y salieron del canal subterráneo, notaron que habían alcanzado otra forma del aire.

Más cerca del agua, sintieron frío.

Una guitarra sonaba en los pasillos de azulejos contiguos al canal. Cantaban sirenas en inglés y la experiencia de acercarse al río los convirtió en un único Ulises de manos atadas al mástil del smartphone.

Explosiones candentes y la experiencia poética de navegar lo subterráneo los deslizó al trance, llevándolos al borde del abismo, profundizando el mareo.

So you think you can tell heaven from hell. We’re just two lost souls swimming in a fish bowl.

Imágenes de un infierno acuoso y el piso inundado en el bondi a zona sur corroboró la fuga a finisterre. Por unos segundos, las almas se aquietaron y una calma abismal los distrajo de la sensación de ser dos prófugos unidos por un único destino, refugiados en el mismo aguantadero, remolinos de ruedas en el asfalto, viaje al fondo del territorio bonaerense. Se alejaron, iban, venían, surgían desde el fondo, del engranaje del motor, del reggaetón del parlante, del silbido del viento de río zangoloteándose en las grietas de las ventanillas semiabiertas. En el abismo de la tierra, el vértigo los asomaba al aire nuevamente, y volaron al barrio de Once.

Un incendio agitaba la transformación y el encuentro. Las entrañas de la tierra aseguraban no tener ya ningún mago, pero de entre los tenderos surgió uno con la espontaneidad con que aparecen las cosas perdidas —esa misma facilidad con que se pierden las que se buscan—. Y el mago escupió fuego, alimentó la antorcha, se humedeció la boca con una botella de nafta y tragó un vaso de leche. Llevaba en el bolsillo del pantalón la lista de compras para el espectáculo íntimo y callejero.

Los silencios de las palabras chispearon y ellos se vieron atrapados en las redes de un lenguaje secreto, desconocido; nadaron sintiéndose otra vez espesos y cubiertos de escamas.

—¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Cómo?

Sintieron el resplandor efervescente del fuego, detenidos en un detalle, una etimología o la textura arcillosa y profunda del canal. Pensaron y fluyeron sin emoción más que el entusiasmo. Enthousiasmós. Ese rapto divino fue ellos en viaje, y dejaron los edificios: el sol los fogueaba. Vieron el mar, dulce, a la derecha. Sentados sobre un precario pasamanos para discapacitados, de espaldas al camino futuro, de cara a lo que habían dejado. Siguieron mirando hacia el norte. Colibríes del pasado del norte. El pasado, ese norte.

A la izquierda, se abría una vulva; en el centro, el vértigo. Vuelo, calma triste, ebulliciones del Riachuelo, furias y el lecho del río oprimiéndolos. Dos fuerzas los sostenían en equilibrio ante ese abismo que sólo podían contemplar, sobrevolar, en el que podían derramarse, pero al que no podían nombrar. El fuego, en el centro, inalterable, inapagable, los mantuvo vivos, espíritu en la carne.

Como dijo el poeta: “Nada se sabe, todo se imagina. Circúndate de rosas, ama, bebe, y calla. El resto es nada”.

Pessoa, persona y máscara.

Velocidad de autopista. Saltaron en el primer lomo de burro antes de bajar del bondi mágico. Y la velocidad trepó en las entrañas, fuego, magia, los dos, olas de escalofríos, remansos, fuerzas encontradas, perturbadoras, palabras que no lograban expresar lo que latía en las profundas entrañas, pobladas de borrachos, tendederos, prostitutas y panchos. Certeza de la realidad que no existía fuera de ese camino al barrio, al silencio, y al sur.

Bajaron del bondi con un solo impulso, respiraron en el aire calma uterina y quietud. Reverdeciendo, se sentaron en el umbral de una casa de desconocidos para dejarse entibiar por el sol, refrescar por el frío del aire de agosto, ese mes sacramental.

Dos minutos de eternidad.

—¿Cómo es?

—¿Qué cosa, la eternidad?

—No, la casa.

Miraron queriendo ver y el sol los encegueció. Dos pájaros sobrevolaron la tarde. Había tibieza en los párpados, el sol y una casa con escaleras de piedras.

—¿Y la calle? ¿El cielo? ¿El olor? ¿Los sonidos?

Estaban solos. Pasaron dos nenes en bicicleta. Pasó el rumor lejano de autos, las palomas, la frescura en las narinas, la tibieza en los párpados.

—¿El aire? ¿La piel? Tu piel.

El sol se fue vertiginosamente y se levantó un viento repentino que los empujó en la nuca.

Y la nuca respiró la orden de que se adelanten. Se demoraban, dejaban que el viento les sople furioso en la cara. Se levantaron, se arrastraron hasta la esquina, el viento soplaba con más furia y olieron a mar.

Entonces reconstruyeron la luz con la que nacieron, embarazados del pesimismo que anhelaban superar. Recuperaron frente a lo evidente la creencia de que ese universo de magos, putas y choferes de bondi existía, y ellos existían en esa hendidura del tiempo, nunca habían cesado de existir. Sintieron las manos hinchadas, el opio matutino, la tibieza naranja del sol a través de una terraza. Recuperaron en el aura de Plaza Miserere el reflejo y el entusiasmo, recuperaron incluso la idea de aura con una bandada de pensamientos que se fue a otra ventana, como en esa bendición cardinal en que el mingitorio estalla lejos del norte y reverdece al sur. En los esternones de ese par humano fundamental, hermético, se sucedieron apariciones de gorgojos burbujeando efervescentes, salían unos de las bocas de los otros, se comportaban como palomas sin alas en un suelo derramado con maíz. Maíz en el sentido bárbaro, prehelénico. Esperma. Es épico, escéptico, ese pico épico. Ovario dulce.

Anuncios

4 pensamientos en “En tu siasmo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s