Siete fuegos

(por Magdalena Biota)

Inercia de dedos dibujan un cuadrado en escuadra con mi sombra.
Huelo pasos.
Huelo la selva húmeda, hojas, huelo las ramas secas.
Huelo a pisadas. Descalzo avanza el yaguar.

Ruedo en el espiral del pubis
y me enredo en las crestas de las caderas.
Mi lengua tiene sabor a serpiente.
A agua calma y turbulenta.
A la lluvia tenue,
copiosa lluvia.
Al barro
violento y dulce.

Y veo fuego a través del agujero del ombligo.
Un vórtice dibujado
en el ardor del lomo de un caballo alazán.
Cabalga el fuego al crepitar,
atraviesa la liviandad de dos acordes triangulares,
destellan las gotas de sudor:
chispas en la inesperada noche descubierta.

Alcanzo a tocar las alas del viento.
Y el espacio se hamaca en el vértigo de una piedra de águila.
La verdad es lo aparente imposible.
Lo desconocido que penetra en una imagen de lo irreal
y se transforma.
El viento toca un instrumento
que cuelga del lomo de un camello.
Arrulla en las cuerdas de la
alquimia mágica.

Canta el éter desnudo.
Describe un trayecto en palabras.
Deletrea nombres, abecedarios.
Habla en lenguas secretas, en lenguas muertas, insurrectas lenguas,
transgredidas, sacras.

Del silencio el ojo absorbe los sonidos de los pasos.
Absorbe las hojas y las ramas, los ruidos,
las aguas, la vibración de las piedras, el crepitar.
Absorbe el sol de las lenguas.
De las sombras, de las palabras.

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