Pasaporte a Xanadú

(por Magdalena Biota, 2008)

In Xanadu did Kubla Khan
A stately pleasure-dome decree:
Where Alph, the sacred river, ran
Through caverns measureless to man
Down to a sunless sea.
So twice five miles of fertile ground
With walls and towers were girdled round:
And there were gardens bright with sinuous rills,
Where blossomed many an incense-bearing tree;
And here were forests ancient as the hills,
Enfolding sunny spots of greenery.

Samuel Taylor Coleridge

Iba a dedicarte esta bitácora de viaje pensando que en el futuro querrías saber lo que hacías hoy y lo habrás (lo habré) olvidado. Podría intentar enumerar las ventajas y las desventajas de escribir. Las ventajas de no tener un lenguaje para recordar. El recordar lineal, conciente, frente a la ciudad que permanece dormida debajo del fuerte de Xanadú. Pero ya estarás aburrida de leyendas.

—No me aburren las leyendas. Me aburren las enumeraciones.

Iba a dedicarte esta bitácora. La escribo y mientras lo hago recito un canto y lo interrumpo. La música es de esos milagros inesperados, escribo; y me doy cuenta de que me encorvo sobre el papel pensando en que la posibilidad de decir en alemán o inglés, en español, o en incluso en sánscrito, mientras se permanece en el propio país, es abrir un abismo. Aprender otra lengua sin necesidad de usarla es un lujo o una mutilación. And halo projects from incision. Contranatura.

Iba a dedicarte esta bitácora de viaje y, todavía encorvada, compruebo que he vuelto a las listas. Supongo que se trata de una suerte de ejercicio previo. Un ejercicio al que solía someterme mi maestro. Me da placer. Seré algo sádica. En todo caso, recuerdo que ayer alguien me preguntó por La Plata. Un amigo de Francia interesado en la literatura argentina (parece que está haciendo una antología). Yo me palpé, esa frase que es un robo, robo de segunda mano. Mi amigo me preguntaba por La Plata, qué encontraría si iba a visitarla. Buenos Aires para él debe ser lo suficientemente poco cosmopolita, pero supongo que el encanto de La Plata es ése: ver una ciudad tan pueblerina.

—Hay otra leyenda de los camellos en Gobi y otra sobre otro río.

—Estás enumerando.

—Es mi debilidad.

—Contáme la del otro río.

—Hablábamos de la posibilidad de haber olvidado. La bitácora de viaje tiene sus convenciones de género: la superficie es la de recuento de acontecimientos importantes.

—No me desalientes.

—Con suerte surja el río espontáneamente en las orillas de cada zambullida. Hoy es simplemente el día en que cruzamos Ámsterdam en bicicleta.

—Pero además hoy es el día en que empezamos este diario y te decidís a ser mi memoria.

—En el futuro vas a poder continuarlo. Si, como a mí, te habita esta necesidad de
documentalista.

—Tenés muchos planes para mí.

—Es apenas empezar la mañana proponiéndote un ejercicio de evocación.

—Estás minimizando el papel de las tostadas.

—No, estoy iniciando una teoría sobre las cicatrices.

—Sobre los pasaportes.

—Sí, también sobre los pasaportes. O los viajes. Harpes et Luthes. Trazando un itinerario que va desde lo más evidente, cada cicatriz cuenta una historia. La visibilidad o invisibilidad de las cicatrices puede parecerse a la imagen mística de una vulva. (Esa revelación de Courbet). Muchas veces me pregunté cómo te relacionarías (cómo me relacionaría) con esa cicatriz.

—En itinerario doble, la pregunta sería cómo relacionarse con lo que uno ha escrito.

—Estoy de acuerdo: el texto escrito es la marca de un corte en el cuerpo.

—Además de una debilidad por las enumeraciones, tenés cierta predilección por la faena
artística de Quirós. Es curioso que el treinta en Buenos Aires sea tu década preferida.

—¿Te alarma?

—¿Qué?

—La idea de la escritura.

—No me alarma y me alarma. Duele más y menos recordar de lo que dolió en el momento de la escritura.

—Eso es incoherente.

—Es simétrico a las arrugas de un ombligo.

Iba a dedicarte esta bitácora. En realidad, lo que mi amigo el francés estaba buscando era
un doble limpio del muerto. Es decir, del mutilado. Tenía la voz. Ahora debía comprobar que la voz se parecía al hombre que buscaba.

—A mí me pasa eso con Ámsterdam: es una ciudad que sólo conozco por lo que contás
vos.

Iba a dedicarte esta bitácora, cuando recordé algo inesperado. Lo que mi amigo buscaba
es, como me dijo, un hombre que aun pudiendo ser padre fuera padrastro. Es curioso que
buscando un doble hubiera encontrado una foto mía. Era un retrato de mi cara en primer plano. ¿En la solapa de un libro? No. Era de esos retratos que se venden en algunos quioscos. Vos hacías circular uno de la Castor en un tiempo y decías que era tu tía. Algo de ese retrato le resultó inquietante: la superficie superponía dos rostros, como si combinara lecturas antagónicas, pero complementarias. Era como intentar combinar Don Quijote con Tadeys, con el propósito de reescribir a Petronio.

—No, dejáme de esos experimentos.

Iba a dedicarte esta bitácora y ahora pienso en los monjes de los cantos de la abadía de
Keur Moussa. Admiro a quienes pueden hacer música. Oriente: la Arabia de Wadi al Safi. O más cerca, el Marais de Depardieu o cualquier otra ficción para estar sola. Y nostálgica. Las calles de Highgate con el agua de los desagües congelada. No siempre es fácil encontrar un lugar para escribir.

—¿A qué te referís?

—Esta terraza, por ejemplo. Habrás aprovechado este lugar para escribir.

—No. Vine alguna vez a leer. O mirar el Río. ¿Viste que allá en el fondo se ve la costa de
Uruguay?

El experimento funcionaba. En el retrato, una porción de la cara, la de la derecha, era feroz. De una violencia despiadada, y descargaba una intencionalidad casi épica. Pero de una epicidad menos heroica que temeraria. La otra, en cambio, era descarnadamente vulnerable. Sobre todo en que en el ojo de cíclope se traducía un estar a merced, una desprotección, un desamparo. Desde ese ojo impar se entreveía una sensibilidad incompatible con la ferocidad de la anterior. Pero el retrato no estaba dedicado.

—Cuando te hacía dormir terminábamos siempre enredadas. Las manos se anudaban
entre los brazos y era muy difícil encontrar cuál era de quién. Había que salir de a poco,
haciendo un trabajo de filólogo o, mejor, un trabajo arqueológico, separando mis manos de tus brazos, como con un tamiz.

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