Wiracocha

(por Magdalena Biota)

 (del libro Personas, Ediciones Croupier)

El loco era un gringo que descendía de un cacique y una inglesa.
“Conciencia testigo del mito borgeano”, le digo.
“Vivimos en Macondo”, contesta,
confundiendo literaturas nacionales.

Mientras mi hija y la suya dan sentido al tiempo:
trepan las raíces del algarrobo que junta años,
imperturbable, en la plaza, frente a la capilla de adobe.
La hija del gringo se llama Lulú.
Tiene dos perros.
Uno, el Chapita.
El otro es marrón chocolate,
y ostenta un pelaje enmarañado, de llama lanera.

“En Tucumán no se puede vivir”, me dice el gringo.
Lo escucho con perplejidad y cierto vacío,
del tipo de vacíos que dan la necesidad de escribir.
Pienso en los ojos marrones de caña de azúcar de los tucumanos,
en las empanadas y la comida especiada,
en Buenos Aires y el Conurbano.
Una vez cruzando el Riachuelo
vi el basural robustecido por un manto de vegetación
y la ciudad se me volvió idéntica a las imágenes de la costa
que impactaron a los colonizadores en el siglo XVI.

En la esquina tres borrachos se amontonan.
Chupan en silencio, sonriendo.
De pronto una coyita
con sus faldones, medias de nylon, zapatillas, un sombrero,
y sin caja para la copla,
va al rincón donde se reúnen,
adobados, los borrachos
y se lleva zumbando a uno,
directo para las casas.

Es julio y del cerro se evaporan las emanaciones del atardecer.
Las nenas dibujan en el suelo de la plaza.
En el polvo de arcilla dibujan dos escenas.

Una dibuja una mesa de bar:
dos tazas de té humean junto a un florero
y dos mujeres parecen conversar.
El sol ilumina el cielo.
“¿Dónde es eso?”, pregunto.
“Es Champs Elises, mamá”, contesta
olvidando el Llullaillaco,
con un lunar dibujado cerca del labio, a lo Marilyn.
A pesar del miedo
había visto los documentales de la expedición,
había escuchado las explicaciones del forense,
del arqueólogo,
del geólogo.
Como en la plegaria,
la certeza era que caminaría,
no sólo con ushultas,
sino también con la fuerza de sus pies,
a contemplar lo que le había dejado el tiempo:
el sol, el rayo.
“Con ese lunar no podés tenerle miedo a nada, pibita”.
Pero sus cinco años no la dejaban convencerse.
Y me había dicho con ojos llorosos:
“No me quiero morir, mamá”.
Y lo único que la animó fue que le abriera un cuaderno de secretos.
“Tomá”, le dije, pensando en la coplerita
que le pide a la tierra que no se la trague
porque es chiquita y todavía tiene que dejar semilla.
“Escribí”.
Y en letras de imprenta mayúscula había escrito su miedo.

“¿Y vos qué dibujaste, Lulú?”, pregunta el gringo.
“Las palmeras de Miami”.

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