Oscar, tan callando

(por Magdalena Biota)

No era Oscar Wilde,
pero era Oscar de Wilde,
del barrio suburbano,
al sur de la ciudad.

Y cuando lo recuerdo,
alguien me susurra
amorosa y burlonamente:
Here comes his Majesty, the King”.

Quejumbroso.
Borracho.
Fumador empedernido.
Seductor.
Con una cédula de identidad
con todas las de la ley
y otra con las de su propia ley,
que decía: “Estado civil: soltero”.
Lleno de miedo a la muerte,
a la enfermedad,
a la separación,
con una gran astucia
o simple inconsciencia,
y esa antena que lo hacía parecer psíquico.
Dos días antes de morirse,
le dijo a un cliente:
“En dos días, me muero”.

Así era mi viejo,
his Majesty, the King.

Nostálgico,
había consagrado dos espacios:
la infancia y la adolescencia.
Cada uno regido
por una divinidad femenina
a la que veneraba.
La primera novia
(que lo había abandonado a los diecinueve años)
ocupaba el lugar privilegiado
en el templo de la adolescencia.
Y la madre
compartía con él
ab origine
el ritual del té
cuando todos dormían y él,
consejero de las noches insomnes,
había desplazado el lugar del padre.
La diosa lo mimaba eternamente
con desayunos y almuerzos en la cama
y todo tipo de encantos
que convierten a cualquier hombre
en un malcriado,
his Majesty, the King.

Por mucho tiempo luché
con tenacidad
para instaurar un nuevo espacio,
el nuestro,
convertirme en la diosa de la adultez y los hijos,
consagrarme y consagrarlo
en el espacio de reconocimiento del otro.
Pero fue rotundo el fracaso.

Así era, Oscar, the wild.

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