Arde Barcelona

(por Jordi Yévenes)

(publicado originalmente en ArdeBarcelona)

me debato entre al amor químico
y el desazón crónico
muerdo el lápiz que escribe a capricho
y me atraganto
de terraza y techos falsos

estoy enamorado de tu cara de incisos
del nácar en los párpados
de cada ángulo humeante en la oscuridad
del vino añejo en la copa que lleva tu marca

arde Barcelona en tus brazos
saciando tus huesos de oro
y te rodeo, vencida
y tu figura es suave y lejana
al paso de la calle gitana

me arriesgo a ser quejido
reseña en una antología húmeda
de oprimidos y amantes buscando abrigo

de la comparsa que queda dentro
del deseo que roza tu espalda en mis dedos
del estómago asustado que cae en llanto
todo
lo guardo de costado
para enterrarlo en una isla
o ahogarlo en una primera edición

arde andrómeda
arde el lápiz que llora grafito
arden los andenes de esta ciudad

arde Barcelona
y tú no lo sabes

Real

(por Jordi Yévenes)

Cuenta que sucedió a caballo de medianoche con calles desiertas, al regazo del cuarto creciente en el corazón. Afirma, sin sonrojarse, que se le paró entre Ramelleres y Vicenç Martorell, al esbozo de un parque a media luz. Dice que les miraba un columpio medio oxidado, su sonrisa de chiquilla, el pelo alborotado y el tiempo detenido. Explica que ella no sabe, o que lo sabe bajito, como un secreto escondido en un bolsillo. Y cuenta que fue aquella noche. Al vaivén de aquel columpio, y de la vida misma, donde se acabó de enamorar perdidamente. Susurra que ahora muere en cada parpadeo, en cada medianoche asustada que busca sus ojos y no los encuentra y piensa que todo puede haber sido un sueño. Explica que ya no necesita nada más, que no se puede decir con palabras. Quiere el corazón parado como el tiempo, la sonrisa de chiquilla y el pelo alborotado deslizándose en sus brazos. Cuenta que fue un dieciséis. Que la quiere. Que es feliz. Y por fin duerme. Y dormido sonríe y sueña con el vaivén de aquel columpio medio oxidado, marcando el tempo de su vida desde aquel día.

Yo respondo: REAL

La lluvia

(por Jordi Yévenes)

Llega suavemente el aroma del café y me desperezo entre la falsa humildad de una tarde que se evapora entre lluvia, colmada de gritos y decisiones hipócritas. Cabeceo entre el bueno y el malo, la lógica ira del que es desposeído y la semilla enterrada del que arrebata lo preciado, lo amado, lo consentido. Húmedo como el cristal empañado de mis parpados, ajeno a las almas que corretean entre los paraguas, me reitero en mi decisión apaciguada de no ser lastre de mi propio destino. Y salgo al fragor de lo conocido en un alarde de sinsentido enjaulado.

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