Riña del pacará y la sierra

(por Magdalena Biota)

Veo pasar la selva
Por el aserradero
Dicen que por lo menos
Y mal que mal me contento
El viento absorbe las ramas

Ojos de liebre aturdida de cara a la luz

Timbó-piutá, pacará, oreja de negro

A lo mejor Manuel
Allá nos vaya bien

El silencio es memoria
Cincela la canción
El tiempo y la selva
Pasan por la sierra

Vemos deshacerse en la sierra
Del amansadero
Los sueños, las ramas, los campos
Abrumados y por lo menos
El tronzador zumba reñido
En la madera del timbó

Timbó-piutá, pacará, oreja de negro

Vamos a meterle Perú
Cortala con tanto sebo

Que la lluvia se trague a sorbos
Este río de voz y madera

Madera comiendo los dientes
Los dientes gastando la madera

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Magda, fenómeno freak

(por Magdalena Biota)

A Magda la llevo de las narices.

No es una inspirada. Más bien parece pirada. Siempre le duele la tripa de no sabérsela lunga. La sabe corta. Se corta sola. Y no se encuentra. Sin embargo, estaba contenta, subiendo peldaños en una escalera de lluvia.

Subió y de tan cansada quedó despierta. Y le surgieron dos o tres cuestiones con el tiempo. La tripa le seguía doliendo y tenía hambre de besos.

A Magda su papá siempre le decía fenómeno, y Magda se sentía muy bien, especial con su epíteto esdrújulo. Pero después vio que un fenómeno es algo exótico, que también es esdrújulo, especie de lo raro. Y de tan rara, pasó a ser freak, pero lo freak le asusta, y quiso perder lo freak y volverse arista. O loca. Con una insanidad toda desnuda, de esas que la volverían inimputable. Inimputable para amar hasta la demencia.

Entonces le mostré la escalera de lluvia y le resultó un hallazgo, una sorpresa. Una locura. Pero Magda tiene miedo. Y por eso yo la asusto mostrándole toda la magdasidad que sube detrás de las pupilas.

Magda no quiere que la aten cuanto se encuentra tête à tête con la magdasidad. Quiere la caricia de un océano de miradas de sal. Magda espera ser amada. Le duele cuando la desatan.

Ésa es la tragicomedia de Magda. Y es ahí donde entro yo. Porque a mí no me duele. A mí me hace gracia: Magda quiere ver, pero es chicata. Y yo le muestro primero la escalera de peldaños de gotas de lluvia, frescas y alegres. Sube y le muestro la altura del océano, profundidades oscuras. Ramas del recuerdo; ramas del olvido, las hojas sorbidas por la tristeza de la existencia, resina en el dolor, dicha en la savia.

Y el vacío de la luna lo chupa todo en un espiral hacia abajo, hacia lo grave, lo grávido, lo oscuro, la tierra.

Magda quisiera ser grande. Grande como lombriz. Oxigenar de cielo la tierra. Pero Magda es Magda. Pequeña, pequeñísima Magda.

Oscar, tan callando

(por Magdalena Biota)

No era Oscar Wilde,
pero era Oscar de Wilde,
del barrio suburbano,
al sur de la ciudad.

Y cuando lo recuerdo,
alguien me susurra
amorosa y burlonamente:
Here comes his Majesty, the King”.

Quejumbroso.
Borracho.
Fumador empedernido.
Seductor.
Con una cédula de identidad
con todas las de la ley
y otra con las de su propia ley,
que decía: “Estado civil: soltero”.
Lleno de miedo a la muerte,
a la enfermedad,
a la separación,
con una gran astucia
o simple inconsciencia,
y esa antena que lo hacía parecer psíquico.
Dos días antes de morirse,
le dijo a un cliente:
“En dos días, me muero”.

Así era mi viejo,
his Majesty, the King.

Nostálgico,
había consagrado dos espacios:
la infancia y la adolescencia.
Cada uno regido
por una divinidad femenina
a la que veneraba.
La primera novia
(que lo había abandonado a los diecinueve años)
ocupaba el lugar privilegiado
en el templo de la adolescencia.
Y la madre
compartía con él
ab origine
el ritual del té
cuando todos dormían y él,
consejero de las noches insomnes,
había desplazado el lugar del padre.
La diosa lo mimaba eternamente
con desayunos y almuerzos en la cama
y todo tipo de encantos
que convierten a cualquier hombre
en un malcriado,
his Majesty, the King.

Por mucho tiempo luché
con tenacidad
para instaurar un nuevo espacio,
el nuestro,
convertirme en la diosa de la adultez y los hijos,
consagrarme y consagrarlo
en el espacio de reconocimiento del otro.
Pero fue rotundo el fracaso.

Así era, Oscar, the wild.

Wiracocha

(por Magdalena Biota)

 (del libro Personas, Ediciones Croupier)

El loco era un gringo que descendía de un cacique y una inglesa.
“Conciencia testigo del mito borgeano”, le digo.
“Vivimos en Macondo”, contesta,
confundiendo literaturas nacionales.

Mientras mi hija y la suya dan sentido al tiempo:
trepan las raíces del algarrobo que junta años,
imperturbable, en la plaza, frente a la capilla de adobe.
La hija del gringo se llama Lulú.
Tiene dos perros.
Uno, el Chapita.
El otro es marrón chocolate,
y ostenta un pelaje enmarañado, de llama lanera.

“En Tucumán no se puede vivir”, me dice el gringo.
Lo escucho con perplejidad y cierto vacío,
del tipo de vacíos que dan la necesidad de escribir.
Pienso en los ojos marrones de caña de azúcar de los tucumanos,
en las empanadas y la comida especiada,
en Buenos Aires y el Conurbano.
Una vez cruzando el Riachuelo
vi el basural robustecido por un manto de vegetación
y la ciudad se me volvió idéntica a las imágenes de la costa
que impactaron a los colonizadores en el siglo XVI.

En la esquina tres borrachos se amontonan.
Chupan en silencio, sonriendo.
De pronto una coyita
con sus faldones, medias de nylon, zapatillas, un sombrero,
y sin caja para la copla,
va al rincón donde se reúnen,
adobados, los borrachos
y se lleva zumbando a uno,
directo para las casas.

Es julio y del cerro se evaporan las emanaciones del atardecer.
Las nenas dibujan en el suelo de la plaza.
En el polvo de arcilla dibujan dos escenas.

Una dibuja una mesa de bar:
dos tazas de té humean junto a un florero
y dos mujeres parecen conversar.
El sol ilumina el cielo.
“¿Dónde es eso?”, pregunto.
“Es Champs Elises, mamá”, contesta
olvidando el Llullaillaco,
con un lunar dibujado cerca del labio, a lo Marilyn.
A pesar del miedo
había visto los documentales de la expedición,
había escuchado las explicaciones del forense,
del arqueólogo,
del geólogo.
Como en la plegaria,
la certeza era que caminaría,
no sólo con ushultas,
sino también con la fuerza de sus pies,
a contemplar lo que le había dejado el tiempo:
el sol, el rayo.
“Con ese lunar no podés tenerle miedo a nada, pibita”.
Pero sus cinco años no la dejaban convencerse.
Y me había dicho con ojos llorosos:
“No me quiero morir, mamá”.
Y lo único que la animó fue que le abriera un cuaderno de secretos.
“Tomá”, le dije, pensando en la coplerita
que le pide a la tierra que no se la trague
porque es chiquita y todavía tiene que dejar semilla.
“Escribí”.
Y en letras de imprenta mayúscula había escrito su miedo.

“¿Y vos qué dibujaste, Lulú?”, pregunta el gringo.
“Las palmeras de Miami”.

En la parte gris de la existencia

(por Magdalena Biota)

en la parte gris de la existencia
hay una luminosidad que se esconde
brumosa y violenta
como el sabor de la carne cuando se abre al mundo
en lo gris
en lo frío
en los pliegues de la piel
en lo caliente
eso que convierte materia
en luz y luz en sombra
así
ese almíbar
jugo de fruta macerada
exprimida
esa experiencia sin nombre
madurada
dios
código
lenguaje
desvanecida
que no comprende
que abraza
se vierte
sin comunicarse
colma el cuenco de licores
lo trasvasa
se derrite
y disuelve casi la ilusión de continente