MOR

(por Martín Branquias)

Se despierta por culpa de la luz que se escurre por la persiana. Es domingo y ha dormido hasta tarde lo cual tampoco significa que haya dormido mucho. En ese rato que va desde la conciencia del nuevo día y levantarse de la cama revisa lo acontecido en las horas previas serpenteando en la frontera que separa el sueño de la realidad.

La noche anterior salió, como tantas otras noches, con sus amigos a cumplir con la rutina habitual: comer, beber y “hacer el mal” que es como su grupo de amistades, con mayor o menor tino, trata de teñir de “peligro” una existencia tan convencional y plana como la del vecino más convencional y plano de su bloque. Después se dirigieron a algún lugar donde iniciar algún cortejo. Lo de siempre, donde siempre. Se acuerda de que fue una noche excepcional y regresó acompañado.

Se gira a la derecha para mirar a su chica de ayer y nota que algo va mal. Pero que muy mal.
No hay nadie al lado pero lo que le alerta es que le cuesta girarse. La desconexión entre su mente y su cuerpo es angustiosa. Son las piernas.

Le recuerda al hormigueo resultante tras horas reposando la cabeza sobre el brazo, quedándose este dormido y siendo imposible su dominio. Pero incluso entonces, siempre existe la sensación de control de la situación.
Tras quince minutos sin poder hacer nada con las piernas y con el corazón acelerando el paso, lo único que acierta a pensar es en el modo de llegar al salón, que es donde está el pantalón y en él, el móvil. Va a tocar arrastrarse. Bajar tanto la perspectiva le viene bien para darse cuenta de que en eso de barrer más vale ser constante. Tragando quina, moviéndose más como un gusano que como un reptil, atraviesa el pasillo donde un par de hormigas tratan de adelantarle. Lo consiguen y se ríen abiertamente de él. Se venga matándolas con un par de palmadas. Por fin avista el sofá.

El pantalón no está precisamente accesible. Situado en la parte superior del sofá, debe incorporarse lo máximo que pueda, lo que le cuesta un mundo cargado con ese lastre en forma de piernas. Si le dan una radial en ese momento probablemente tendría sus dudas. Alcanza el pantalón y el móvil no está donde se supone. Las piernas le siguen tirando hacia abajo como anclas, hundiéndose tras ellas. Cae y choca contra el suelo quedándose sin respiración, parece que el sofá mida cincuenta metros de altura. Y subiendo.

Es un piso antiguo, el fijo es un hermoso teléfono negro de los años 50 colgado en el pasillo, como muchos de entonces. “¡Fíjese, qué detalle tan curioso!” apuntó con la alegría más impostada que encontró el comercial inmobiliario que le enseñó el piso. Ahora no podía llegar hasta ahí por mucho que rasgara la pared intentando agarrar el cable y si llegara se daría cuenta de que no iba a poder marcar los números por lo que poco servicio le daría el auricular. Aunque, a ratos, tiene la sensación de que puede alcanzarlo y la ilusión de poder lograr ni que sea un objetivo tan estúpido como ese le obliga a conseguirlo. Alguna uña rota y sangre fue todo el botín. En un rapto de lucidez decide volver a la búsqueda del móvil.

Con un esfuerzo sobrehumano, combatiendo contra algo más que sus piernas muertas y una gravedad más latosa que nunca, mira entre los cojines, bajo la mesa de centro, bajo un montón de cosas raras que se revelan como sobrantes, se arrastra hasta el lavabo y acaba volviendo a la habitación. A ratos le da por golpearse las piernas en una mezcla de desesperación y rabia. Las palmas están sucias, los codos pelados, los brazos doloridos y la cabeza no funciona con claridad. Lo único positivo de todo eso es que el cansancio mezclado con la angustia casi le impide sentir asco y grima cuando comprueba como la suciedad del suelo se introduce en sus heridas… Decide tumbarse como puede en el sofá, esperar a que alguien llame a su móvil para localizar el teléfono y así avisar a su hermano.

Un buen rato después, suena el dichoso aparato. Lo localiza a tiempo, descuelga y escucha como el guionista de Perdidos, probablemente mientras se afeita su marmóreo rostro, le dice: “Hola, ésto es una pesadilla”.

Por fin, despierta. Se gira a la derecha para mirar a su chica de ayer y nota que algo va mal. Pero que muy mal.

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