Lo que sucede en el campo

(por Martín Branquias)

“Flaco, vos sabés que tenés que marcar las diferencias hoy, lo sabés, no??, ¡¡¿¿LO SABÉS O NO LO SABÉS???!!”. El “Flaco” Eizmendi asiente tranquilo  y recibe un par de golpes en el pecho justo después de bramarle lo que de él espera su técnico, el uruguayo Ricardo Sosa. “Oráculo” Sosa desde sus tiempos de clarividente mediocentro en el Danubio de Montevideo. Pero Uruguay queda lejos. Hoy, el equipo del “Flaco”, un elegante mediapunta, el clásico 10 que dirige el juego de su equipo con la precisión de un cirujano tiene la oportunidad ante sí de ganar un campeonato de Liga por primera vez en la historia de su equipo. Se lo juega mano a mano con el equipo más poderoso del país, quien también hace las funciones de equipo visitante en el otro partido de la jornada. El de nuestros protagonistas se lleva a cabo en campo de un rival que se juega la permanencia, Unos lucharán por no dar de morros con el lodazal y otros por no morir en la orilla.

Tenemos drama y épica en el menú.

Este “fantasista”, como describen los brasileños a jugadores como Eizmendi, recibe cinco minutos después de las palmadas de ánimo de su entrenador una entrada a la altura del tobillo apenas siete segundos de haber empezado el partido. Justo acaba de controlar el balón, pasado por los delanteros tras el saque de centro cuando Urbaneja, un duro y veteranísimo mediocentro especializado en la marca del rival y al que la fama le precede, decide avisar de lo que se van a encontrar esa noche sus rivales. Lo arrolla como un tren arrollaría a un gato jugando con un ovillo en la vía. No es la primera vez que hace algo así en su carrera ni probablemente será la última.

El árbitro duda pero sólo sanciona con una tarjeta amarilla a Urbaneja (el alma de su equipo) quien asiente, se gira, guiña el ojo al compañero más cercano y escupe satisfecho al verde, rebosante de adrenalina. Misión cumplida para ese inicio del partido.

El recado ha sido duro, tan duro que el “Flaco” tiene que ser finalmente sustituido, no puede apoyar el pie. Es un esguince. Y empieza a llover en ese campo del sur. La gente jalea a su equipo, saben que la única manera de lograr su objetivo es convertir el partido en un engorro con un punto intimidatorio. Las gradas están cerca, pero es un estadio que carece de elegancia, de un eco distinguido. Ni siquiera apetece ver fútbol.

Durante los primeros 15 minutos, el equipo visitante está desnortado, nota la ausencia de quien es la piedra angular de su juego de ataque. Con un fútbol rudimentario, de balón largo y aprovechar segundas jugadas, el equipo local inquieta al rival. Es una lucha estimable, los locales tratan de sobreponerse a sus claras limitaciones técnicas con un juego valiente en ataque y violento en defensa. Los visitantes, poco a poco, se van quitando las diferentes presiones de encima y empiezan a hallar su juego. Ya han llegado una vez gracias la habilidad de su centrodelantero. La primera oportunidad se da tras un soberbio golpeo con la derecha que acaba con el balón susurrándole al oído “volveré” al palo largo.

Tras unos minutos de tanteo, un sí pero no de unos porque no pueden y otros porque no les dejan, llega el minuto 43 de la primera parte, y con él, el gol local. Empieza con un tiro de media distancia raso y mal dirigido por el lateral izquierdo, hizo eso porque no sabía qué otra cosa hacer ni cómo hacerlo. El balón en vez de ir a puerta se va torciendo hasta quedarse varado en el punto de penalti por culpa del barro incipiente, justo en la equidistancia entre los dos centrales, y ahí, como si hubiera sabido adonde iría aquel despropósito, aparece el delantero Simón Romero, el jugador más chillado y despreciado por la hinchada. Simón “ni sin portero” le suelen llamar sus propios aficionados, siempre dados a la hipérbole y a la chanza tan ingeniosa como una patada en la boca. Hoy juega por sanción del titular y a aquel balón le pega con toda su alma. Normalmente las manda fuera, para qué engañarnos, apenas 2 goles ese año en 20 comparecencias, pero hoy no. Gol y 1-0 al descanso. Los 15000 presentes celebran el tanto y acto seguido se echan eufóricamente en cara los unos a los otros que siempre lo apoyaron, que ninguno salvo el que lo proclama sabía que tenía que jugar más. Lo mejor es que lo dicen convencidos, tirando de ese arma tan común, tan útil y tan cortoplacista que es el autoengaño. Así es el hincha de fútbol, como el de cualquier cosa, una versión idiota que de nosotros mismo fabricamos los seres humanos para retratar nuestras miserias. En su versión ingenua aún resulta entrañable.

En el vestuario visitante Martín Sosa desgrana el tópico construido a su estela. Aquel que dice que sólo en el vestuario muestra realmente aquello que lleva dentro, el nervio, la pasión por el juego. En un vestuario, Sosa es Napoleón dirigiendo a las tropas. Los jugadores saben lo que tienen qué hacer, cómo lo van a lograr, porqué no les ha salido antes, son arengados para que prueben y arriesguen y no tanto que piensen en lo que van a hacer y simplemente lo hagan.

En el minuto 2 de la reanudación los visitantes llegan al área rival. Centro cruzado entre el delantero y el portero, se va a línea de fondo. El goleador de los aspirantes, el internacional Suances, no llega por poco. Casi se oye la saliva tragada por los locales.

Minuto 5, buena combinación entre Gorostiza y Pérez-Pérez llegando hasta el fondo de banda izquierda, pase atrás de este último hacia el lateral ofensivo que llega de cara, buen chut que desvía el portero. Córner. Los 4000 seguidores visitantes presentes jalean a su equipo. Sólo un gol ya les vale dado el resultado de los rivales en ese momento. La hinchada local ya no sabe ni como se llama.

Más oportunidades en los minutos 10, 14, 22, 23 y 26. Todas claras. El portero local se está creciendo, para como nunca paró. En ese momento, la desesperación es una tentación para los visitantes,  el puente para que después del partido llegue la excusa. Como en otras tantas temporadas.

Minuto 40. Balón largo hacía Suances, un poste de 1, 92 cm. Baja el balón dentro del área y cuando se dispone a acomodárselo para el golpeo, nota el empujón y cae. Los nervios jugaron una mala pasada al central que lo cubre, su ansia por robar el balón al delantero y escuchar el pitido final con 10 minutos de antelación lo llevaron al  error. Error inexcusable para un central que las ha visto de todos los colores. Error profundamente estúpido. Y lo más importante, error que vio el árbitro. Penalty. La afición protesta y grita tanto y durante tanto tiempo que al final el ruido casi se confunde con el silencio.

El balón lo coge el capitán de los visitantes, Guzmán II. Un hombre recio, extensión del entrenador en el césped, cuajado al tener que crecer a la sombra de un hermano que fue un referente histórico en su equipo y en cuya memoria mantiene ese “II” ya innecesario.  Sorpresa porque no lo coge Suances, la estrella, el que suele tirar los penaltis (no siempre, pero si más que Guzmán II). El capitán, con la inconfundible nariz rota por delante, tiene que oir los insultos personales, los generales, el “me lo vas a tirar por la derecha” que le dice el portero mientras señala ese lado de su portería y le guiña el ojo. “¡Por la derecha!”. Los jugadores locales  le increpan para ponerlo nervioso “¿A dónde vas? ¡Aquí se meten goles eh?? ¡¡No ensayos!!” le espeta socarronamente Urbaneja recordándole al capitán rival su último lanzamiento de penalty, en El Molinón. El ruido sigue sin cesar.

Y efectivamente, Guzmán II toma mucha carrerilla tras soportar el chaparrón, demasiada piensan algunos. Pita el árbitro, y desde la media luna del área, con el perfil que le interesa, aparece el habitual Suances sorprendiendo al portero y marcando el gol que, a falta de unos 3 minutos, les da el empate en el partido y la victoria en la liga. Lo tenían hablado, sabían que, de darse la circunstancia, los locales iban a machacar al lanzador para ponerlo nervioso, así que mejor que aguantara el capitán, por su cuajo y que Suances se concentrara en lo suyo: Clavarla en la puerta. Cambiar la historia.

 

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